Novela Infantil
Hola lectores; este relato se me ocurrió hace cuatro lustros... y lo escribí de corrido; bueno, como soy un poquito distraído lo refundí por ahí, en alguna parte y hoy, en marzo de 2010 decidí buscar en la memoria y sentarme a rescribirlo mientras algún espíritu bondadoso me hace encontrar los originales, o sea, los papeles en los cuales lo escribí por primera vez. Bueno, el asunto no es nada complicado; se trata de unos niños de un barrio, muy parecido al de ustedes, que se aburren durante las vacaciones de fin de año y de curso y cada día buscan la mejor manera de distraerse.
Un día cualquiera dejan vagar la imaginación a causa de un extraño personaje que ha llegado a vivir en una vieja casona, ubicada en un lote limítrofe con la barriada. Un buen día el personaje se ausenta llevándose consigo el enorme perro que lo acompaña y una gata diminuta que permanece entre uno de los bolsillos de su abrigo. Lo cierto es que me acuerdo de los detalles pero no de la forma en que lo hice y, en este momento, me frené y me toca dejar para mañana u otro día la continuación de las extrañas aventuras que les acontecen a nuestros personajes. Pero ahí les va el comienzo de las aventuras de unos niños como ustedes.
En una comunidad semi-rural, muy cercana a la capital, vivía un extraño hombre solo, que tenía por compañía un enorme perro negro, de raza indefinida, y una escuálida gatita persa que siempre llevaba entre el bolsillo izquierdo de la enorme chaqueta amarillenta. Los vecinos observaban con temor al inmenso animal que se paseaba detrás del amo mostrando los colmillos filosos y amarillentos a los humanos y gruñendo a sus hermanos caninos. Pero, los parroquianos reían con ganas cuando miraban la minina con los pelos erizados, tan flaca y con esa cola tan pelada que más parecía un runcho; bueno, los niños aseguraban que era un runcho en persona con voz de gato.
El dueño de tan singulares animales no aparentaba ninguna diferencia extraordinaria con sus congéneres, al contrario, quienes jamás lo habían visto lo confundían con uno de los loquitos que deambulaban por las calles céntricas de la pequeña ciudad y sobrevivían de las limosnas que les suministraban las almas caritativas. El hombre era extremadamente flaco - como la felina- , los cabellos negros, gruesos como cerdas, le caían sobre los hombros y una barba enredada le llegaba hasta el pecho. Su mirada desconfiada y sus dientes poderosos lo asemejaban a su perro. Usaba siempre zapatos tenis sin calcetines, pantalones de vaquero y una chaqueta de pana amarilla que le quedaba demasiado grande.
El perro enorme y la pequeña gata eran los únicos acompañantes que se le conocían al extraño hombre barbudo, increíblemente flaco, impenetrable, que desde la profundidad de sus ojos escrutaba la belleza natural de los alrededores y a sus vecinos; ojos que estaban cubiertos por unas cejas que asemejaban cepillos de dientes con cerdas increíbles.
Nadie podía asegurar que fuera malvado pero sí insociable; cuando lo saludaban, en alguno de los encuentros ocasionales, respondía, o más bien mascullaba, algo así como un gruñido que la gente interpretaba como respuesta, sin molestarse en traducir. Usaba sin falta su abrigo largo hasta las rodillas, confeccionado con una tela que conoció mejores épocas y que lo cubría igual que enfermedad incurable. Nunca lo dejaba, por lo menos en público y, en sus extensas caminatas de los amaneceres y los atardeceres, siempre llevaba la gatita ronroneando de placer en uno de los enormes bolsillos, en el izquierdo, para ser concretos; mientras, el perro lo precedía, parecía abrirle campo marchando adelante a manera de ariete vivo apartando multitudes inexistentes.
El hombre respondía al nombre de Patricio. Eso lo supo uno de nuestros padres en la capital, cuando se acercó a la agencia de arrendamientos que aparecía en un letrero que ponía la casona en arrendamiento y que fue retirado a la llegada del inquilino. Con ese nombre firmó el contrato y, como pagó por adelantado la renta de los doce meses, no le exigieron fiador, referencias bancarias ni nada parecido; al fin y al cabo estaba desocupada hacía tiempo y tenía fama de embrujada. También sabíamos que el perro se llamaba Buziraco y, a pesar de su aspecto terrorífico, era muy amistoso con los niños y nunca atacó a ningún humano; se limitaba a gruñir y mostrar los dientes. Con los otros canes era otra historia; nada más olerlos o percibirlos en la distancia arrugaba el hocico, desnudaba los dientes filudos y relucientes y gruñía de manera sorda y amenazadora advirtiendo “¡cuidado, aquí va el que manda, este territorio es mío!; de la gata nunca conocimos su apelativo y, para ser sinceros, el animalito no era de nuestro agrado, era fea la pobrecita; “Criminalmente fea”, dijo una vez mi padre y todos reímos.
¡Qué difícil era arrancar una palabra de la boca del señor Patricio! Su boca, de labios gruesos, mostraba una medio sonrisa resignada cuando se daba cuenta de nuestro asedio curioso; lo alertaba el batir de la cola de su perrote y observada de soslayo con una tremenda pipa entre los dientes que se perdía entre la maraña de pelos de la barba y el bigote. El pintor, porque todos sabíamos que lo era, exteriorizaba su placer arqueando las cejas y murmurando palabras ininteligibles ante la belleza agreste del paisaje, desentendiéndose por completo de los muchachitos que lo seguíamos a varios metros de distancia, para ver, después, la misma maravilla que teníamos ante los ojos, plasmada en una tela o un papel con sus colores extraordinarios.
Algunas veces, al comienzo, tratamos de molestarlo con apodos, igual que hacíamos con el loco del pueblo, y con palabras hirientes; él, lo único que hizo fue voltear a mirarnos, clavó sus ojos oscuros en nuestras humanidades y con voz ronca preguntó:
- ¿Es conmigo, niños...?
Como si algo terrible pudiera ocurrirnos le respondimos:
- Nnnno, señor...
Y corrimos como si un mal sueño pudiera materializarse y hacernos el más grave daño que pudiera presentarse en nuestras pesadillas infantiles. De todas maneras, y con mayor frecuencia de la que puede ordenar la prudencia, lo acompañábamos desde lejos, parábamos cuando él se detenía y cuando se sentaba a descansar o pintar, buscábamos donde encaramarnos para verlo trazar las líneas que reflejaban la bella naturaleza presente ante nuestra vista.
Debajo del brazo o entre un bolso cargaba un paquete de por lo menos mil hojas, según nuestras cuentas y en ellas retrataba el paisaje con trazos maravillosos que nos dejaban atónitos. Nos soportaba siempre y cuando conserváramos la distancia adecuada y sólo el perro se dignaba determinarnos; lo demostraba con carreras de ida y vuelta, brincos y gruñidos hasta que lo acariciábamos y le dábamos palmaditas en la cabeza y la espalda mientras nos mordía los cordones de los zapatos en un juego que nos divertía en cantidades.
Nuestras madres vivían preocupadas imaginando historias terribles acerca del personaje inescrutable que no determinaba a hombres, mujeres o niños. Se comportaba como un ser humano sólo en presencia de sus dos fieles acompañantes. Los acariciaba descuidadamente, sin darse cuenta, con una ternura casi maternal. A los infantes de corta edad que se le acercaban ocasionalmente, ante un descuido de sus madres curiosas, los alzaba unos segundos con inmenso cariño, ellos y la mayoría de los animales hacían brillar en su rostro y en sus ojos chispazos de felicidad. También reflejaba una gran alegría cuando se extasiaba ante las flores y la mirada se le perdía como buscando recuerdos. En algunas temporadas despareció tragado por la casa. Los vecinos del barrio esperaban ansiosos, con deseos encontrados, a que apareciera de nuevo o empezara el olor delator de su fallecimiento, y es que nadie se explicaba que pudiera vivir de la nada.
En dos años, o algo así, que llevaba habitando la casona (que considerábamos embrujada, sólo por su aspecto, sin más razones. Lo cierto es que ninguna persona vivió en ella por lo menos en veinte años, decían los mayores) ninguno vio ni una sola vez, que entrara comestibles de ninguna clase y menos que los comprara en alguna de las tiendas del barrio. Es más, desde la noche de su llegada con su trasteo, que nadie ayudó a entrar por ser tarde y estaba lloviznando, ninguno supo como se proveía de lo necesario para su manutención ni para su profesión porque nunca, jamás, se le veía llegar con bolsas, cajas, recipientes o empaques que dieran idea de aquello. Pero, cada tres o cuatro meses salían de su casa apreciables cantidades de cuadros, bastante grandes, con rumbo a la capital, suponíamos. Se adivinaba que eran pinturas por los embalajes característicos que veíamos, desde la distancia, a través de las cortinas entreabiertas del segundo piso.
Durante los días siguientes nuestros padres y sus amigos inventaban un viaje a la ciudad para ver si lo encontraban en las galerías de arte. También revisaban las secciones culturales de los diarios, por ver si encontraban alguna referencia. Y, nada. El misterio ya llevaba dos años ocupando las inquietudes detectivescas de los niños, una curiosidad malsana en los jóvenes, los ratos de chismorreo de las amas de casa y los comentarios despreciativos de los adultos. Aquel hombre misterioso o el Pintor Loco, como dimos en llamarlo sin excepción (todos los habitantes, de la barriada primero y después en la pequeña ciudad, donde la curiosidad había cundido) era el tema predilecto de las conversaciones porque presentaba un motivo fuera de lo común que rompía la monotonía de la vida provinciana. Por fin colmó el límite de la capacidad de aguante debido a los sucesos extraordinarios que ocurrieron una noche y que disiparon la niebla que cubría de brumas los secretos de patricio, el pintor.
La población infantil (a escondidas de los mayores, que prohibían a sus retoños cualquier acercamiento a la casa misteriosa), con la curiosidad en el punto límite de resistencia y los deseos a flor de piel dirigidos a conocer y desvelar los arcanos ocultos del maestro Patricio, como le decíamos en vez de tratarlo de loco, que nos parecía ofensivo, muchas noches de juegos, merodeábamos por los alrededores de su vivienda. Nuestros juegos de niños eran los tradicionales: a las escondidas, las lleva, soldados libertados y otros. Preferíamos aquellos que obligaban a esconderse y correr porque nos acercaban a la casa solitaria. Parecía una isla en medio de un potrero, rodeada por todas partes por una alta reja de hierro forjado en la cual cada varilla terminaba en una amenazadora punta de lanza. Dábamos vueltas con la intención de ver lo que se escondía en su interior pero, la vetusta construcción poseía unas ventanas y puertas protegidas por hojas de madera que permanecían cerradas y ocultaban lo que pudiera estar en el primer piso.
En la segunda planta, también con las ventanas cerradas, cuando oscurecía escapaban algunos rayitos de luz por las rendijas de la madera que penetraban en nuestro cerebro y despertaban la imaginación. Estas gotas de luz, que se nos daban con tanta cicatería aguijoneaban nuestros deseos de brincar por encima de la reja y asomarnos por uno de esos indiscretos huequitos y mirar lo que se guardaba en el interior de la casona. Ninguno se atrevía a sobrepasar la barrera por varios temores. El primero era el perro, muy amistoso en el campo, pero cuando estaba en su territorio nos pelaba los dientes amenazadores, en forma poco amigable, como si fuésemos desconocidos. Además, correteaba hasta altas horas jugando con la gata o simplemente daba vueltas en cumplimiento de su deber. Cuando hacíamos el intento de trepar, corría a donde estábamos, gruñía furioso y desnudaba los colmillos relucientes y feroces.
El segundo miedo era ocasionado por lo desconocido. ¿Qué peligros incógnitos estaban encerrados dentro de esas paredes vetustas y que alimañas no podían esperarnos detrás de esas puertas y ventanas, selladas a todas horas del día y de la noche? Durante nuestros juegos, antes de irnos a la casa para comer y acostarnos, rondábamos cerca del caserón observando con atención cualquier movimiento de luces y escuchando los tenues sonidos que escapaban por las hendijas de las ventanas cerradas. Nos poníamos a conjeturar sobre lo que ocurría adentro cuando se encendían o apagaban las luces en alguno de los dos pisos. A pesar de nuestra curiosidad infantil y deseos de saber, un temor supersticioso, mayor que el de nuestras madres, frenaba nuestros impulsos sin calmar las inquietudes de las preguntas.
Con los días armamos un rompecabezas bien raro que aumentaba nuestros deseos de penetrar en la casa del señor Patricio, alias “Pintor Loco” como lo apodaron nuestros progenitores. En los corrillos que formaban las señoras por la mañana, para despedir a sus hijitos rumbo al colegio en temporada escolar, o en el salón de belleza o supermercado o en la tienda del barrio, fuera de temporada, cuando coincidían en los sitios indicados dos o más vecinas, el tema era ese señor tan extraño que vivía con un perro y un runcho, decían; y que no trata con seres humanos, que se sepa. Los que venían por los cuadros llegaban a la medianoche, o más tarde, como espíritus de mal agüero; a veces nos despertaban y nos asomábamos tímidamente a mirarlos en silencio y sin respirar. Eran similares a él, con la misma pinta de locos.
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