En la segunda planta, también con las ventanas cerradas, cuando oscurecía escapaban algunos rayitos de luz por las rendijas de la madera que penetraban en nuestro cerebro y despertaban la imaginación. Estas gotas de luz, que se nos daban con tanta cicatería aguijoneaban nuestros deseos de brincar por encima de la reja y asomarnos por uno de esos indiscretos huequitos y mirar lo que se guardaba en el interior de la casona. Ninguno se atrevía a sobrepasar la barrera por varios temores. El primero era el perro, muy amistoso en el campo, pero cuando estaba en su territorio nos pelaba los dientes amenazadores, en forma poco amigable, como si fuésemos desconocidos. Además, correteaba hasta altas horas jugando con la gata o simplemente daba vueltas en cumplimiento de su deber. Cuando hacíamos el intento de trepar, corría a donde estábamos, gruñía furioso y desnudaba los colmillos relucientes y feroces.

El segundo miedo era ocasionado por lo desconocido. ¿Qué peligros incógnitos estaban encerrados dentro de esas paredes vetustas y que alimañas no podían esperarnos detrás de esas puertas y ventanas, selladas a todas horas del día y de la noche? Durante nuestros juegos, antes de irnos a la casa para comer y acostarnos, rondábamos cerca del caserón observando con atención cualquier movimiento de luces y escuchando los tenues sonidos que escapaban por las hendijas de las ventanas cerradas. Nos poníamos a conjeturar sobre lo que ocurría adentro cuando se encendían o apagaban las luces en alguno de los dos pisos. A pesar de nuestra curiosidad infantil y deseos de saber, un temor supersticioso, mayor que el de nuestras madres, frenaba nuestros impulsos sin calmar las inquietudes de las preguntas.

Con los días armamos un rompecabezas bien raro que aumentaba nuestros deseos de penetrar en la casa del señor Patricio, alias “Pintor Loco” como lo apodaron nuestros progenitores. En los corrillos que formaban las señoras por la mañana, para despedir a sus hijitos rumbo al colegio en temporada escolar, o en el salón de belleza o supermercado o en la tienda del barrio, fuera de temporada, cuando coincidían en los sitios indicados dos o más vecinas, el tema era ese señor tan extraño que vivía con un perro y un runcho, decían; y que no trata con seres humanos, que se sepa. Los que venían por los cuadros llegaban a la medianoche, o más tarde, como espíritus de mal agüero; a veces nos despertaban y nos asomábamos tímidamente a mirarlos en silencio y sin respirar. Eran similares a él, con la misma pinta de locos.

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