Algunas veces, al comienzo, tratamos de molestarlo con apodos, igual que hacíamos con el loco del pueblo, y con palabras hirientes; él, lo único que hizo fue voltear a mirarnos, clavó sus ojos oscuros en nuestras humanidades y con voz ronca preguntó:

-  ¿Es conmigo, niños...?

Como si algo terrible pudiera ocurrirnos le respondimos:

- Nnnno, señor...

Y corrimos como si un mal sueño pudiera materializarse y hacernos el más grave daño que pudiera presentarse en nuestras pesadillas infantiles. De todas maneras, y con mayor frecuencia de la que puede ordenar la prudencia, lo acompañábamos desde lejos, parábamos cuando él se detenía y cuando se sentaba a descansar o   pintar, buscábamos donde encaramarnos para verlo trazar las líneas que reflejaban la bella naturaleza presente ante nuestra vista.

Debajo del brazo o entre un bolso cargaba un paquete de por lo menos mil hojas, según nuestras cuentas y en ellas retrataba el paisaje con trazos maravillosos que nos dejaban atónitos. Nos soportaba siempre y cuando conserváramos la distancia adecuada y sólo el perro se dignaba determinarnos; lo demostraba con carreras de ida y vuelta, brincos y gruñidos hasta que lo acariciábamos y le dábamos palmaditas en la cabeza y la espalda mientras nos mordía los cordones de los zapatos en un juego que nos divertía en cantidades.

Nuestras madres vivían preocupadas imaginando historias terribles acerca del personaje inescrutable que no determinaba a hombres, mujeres o niños. Se comportaba como un ser humano sólo en presencia de sus dos fieles acompañantes. Los acariciaba descuidadamente, sin darse cuenta, con una ternura casi maternal.  A los infantes de corta edad que se le acercaban ocasionalmente, ante un descuido de sus madres curiosas, los alzaba unos segundos con inmenso cariño, ellos y la mayoría de los animales hacían brillar en su rostro y en sus ojos chispazos de felicidad. También reflejaba una gran alegría cuando se extasiaba ante las flores y la mirada se le perdía como buscando recuerdos. En algunas temporadas despareció tragado por la casa. Los vecinos del barrio esperaban ansiosos, con deseos encontrados, a que  apareciera de nuevo o empezara el olor delator de su fallecimiento, y es que nadie se explicaba que pudiera vivir de la nada.

En dos años, o algo así, que llevaba habitando la casona (que considerábamos embrujada, sólo por su aspecto, sin más razones. Lo cierto es que ninguna persona vivió en ella por lo menos en veinte años, decían los mayores) ninguno vio ni una sola vez, que entrara comestibles de ninguna clase y menos que los comprara en alguna de las tiendas del barrio. Es más, desde la noche de su llegada con su trasteo, que nadie ayudó a entrar por ser tarde y estaba lloviznando, ninguno supo como se proveía de lo necesario para su manutención ni para su profesión porque nunca, jamás, se le veía llegar con bolsas, cajas, recipientes o empaques que dieran idea de aquello. Pero, cada tres o cuatro meses salían de su casa apreciables cantidades de cuadros, bastante grandes, con rumbo a la capital, suponíamos. Se adivinaba que eran pinturas por los embalajes característicos que veíamos, desde la distancia, a través de las cortinas entreabiertas del segundo piso. 

Durante los días siguientes nuestros padres y sus amigos inventaban un viaje a la ciudad para ver si lo encontraban en las galerías de arte. También revisaban las secciones culturales de los diarios, por ver si encontraban alguna referencia. Y, nada. El misterio ya llevaba dos años ocupando las inquietudes detectivescas de los niños, una curiosidad malsana en los jóvenes, los ratos de chismorreo de las amas de casa y los comentarios despreciativos de los adultos. Aquel hombre misterioso o el Pintor Loco, como dimos en llamarlo sin excepción (todos los habitantes, de la barriada primero y después en la pequeña ciudad, donde la curiosidad había cundido) era el tema predilecto de las conversaciones porque presentaba un motivo fuera de lo común que rompía la monotonía de la vida provinciana. Por fin colmó el límite de la capacidad de aguante debido a los sucesos extraordinarios que ocurrieron una noche y que disiparon la niebla que cubría de brumas los secretos de patricio, el pintor.

La población infantil (a escondidas de los mayores, que prohibían a sus retoños cualquier acercamiento a la casa misteriosa), con la curiosidad en el punto límite de resistencia y los deseos a flor de piel dirigidos a conocer y desvelar los arcanos ocultos del maestro Patricio, como le decíamos en vez de tratarlo de loco, que nos parecía ofensivo, muchas noches de juegos, merodeábamos por los alrededores de su vivienda. Nuestros juegos de niños eran los tradicionales: a las escondidas, las lleva, soldados libertados y otros. Preferíamos aquellos que obligaban a esconderse y correr porque nos acercaban a la casa solitaria. Parecía una isla en medio de un potrero, rodeada por todas partes por una alta reja de hierro forjado en la cual cada varilla terminaba en una amenazadora punta de lanza. Dábamos vueltas con la intención de ver lo que se escondía en su interior pero, la vetusta construcción poseía unas ventanas y puertas protegidas por hojas de madera que permanecían cerradas y ocultaban lo que pudiera estar en el primer piso.

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