En el laboratorio del INFDEC comenzaban a aflorar los nervios. La doctora Fisher no había visto nunca nada parecido. Llevaban ya treinta y una alarmas épsilon y  parecía que aquello no iba a terminar nunca.


Mientras tanto, el Jefe de la Unidad ya se había personado en el laboratorio.


— ¿Qué es, Armand?


— No lo sabemos todavía, Pierre. Se trata de virus diferentes. Es la primera vez que entran y no sabemos cómo lo han hecho. Es como si hubiera una fisura en la Red y montones de virus al otro lado esperando para entrar.


— ¿Puede tratarse de una alarma exterior?


— Es posible pero me inclino por un sabotaje. Esto no lo está haciendo un aficionado.


— Necesito saberlo pronto.


— Haremos lo que podamos.


Tres horas más tarde, el laboratorio era un caos de cigarrillos, vasos de café vacíos y gente afanada en descifrar los recovecos de aquella multitud de virus que llegaban desde aún no sabían dónde. Pierre Michael, Jefe de la Unidad, miraba como un poseso los monitores de sus íntimos colaboradores.


— Nada —dijo Armand, desesperado—. No podemos pararlo.


— Informe de daños —solicitó el doctor Michael.


— Emite instrucciones que desorientan al Sistema. Por ahora son pequeños pero si se siguen infiltrando a ese ritmo nos causarán graves problemas.


El ambiente se tensaba por momentos. Pierre Michael dudaba si pulsar el mando que desataría la alarma de Seguridad Nacional. Aún confiaba en poder controlar la situación.


— Pierre —dijo la doctora Fisher. Hablaba en voz baja, como si alguien pudiera oírla—. Es posible que no haya una infiltración masiva de virus.


— ¿Cómo dices? —Michael miró con sorpresa a la doctora. Casi siempre acertaba.


— ¿De qué manera han entrado los virus? —preguntó—. Primero entró uno. Después, dos. Luego, cuatro y así sucesivamente. Eso nos indica una progresión geométrica.


— Estás insinuando...


— Que sólo se ha infiltrado un virus. Sólo uno.


— Y —Michael completó la frase mientras movía lentamente la mano hacia el botón de alarma—... se está reproduciendo.