El resto de los asistentes se reducía al único abogado del acusado, los miembros del un gabinete jurídico del Estado, que actuaba como demandante, varios policías, el Jurado especialista y un grupo de alumnos de último curso de Derecho que preparaban su tesis doctoral.
Los cinco miembros del Tribunal fueron situándose en sus respectivos asientos con parsimonia y sus serios semblantes no permitían adivinar, ni por asomo, el veredicto. De cualquier manera, todo el mundo daba por sentado que éste sería condenatorio para el acusado. El presidente del Tribunal ordenó a éste ponerse en pie.
A los ojos de los presentes aparecía como un tipo inofensivo. Alto, excesivamente delgado y con un sencillo traje tostado sobre un jersey de cuello de cisne marrón oscuro, se mostraba tan sumiso que nadie creería que fuera capaz de cometer los actos por los que se encontraba en el banco de los acusados. Miraba inexpresivo al estrado esperando que su portavoz finalizara con su sentencia aquella función que, para él, no tenía la menor importancia. Estaba tranquilo. Había hecho lo que tenía que hacer y el futuro era ya irrelevante. ¡Allá ellos con sus conciencias!. Había sido totalmente explícito en los interrogatorios y nunca ocultó información ni trató de despistar a los fiscales. Las cosas eran como eran. Ningún especialista en la materia que él tan bien dominaba podía negar la evidencia y, si todo seguía su ritmo, los días del mundo conocido podían estar contados. Todo era cuestión de cuándo se dieran cuenta…
Un asunto había dejado claro desde el principio, desde su detención. No diría ni una sola palabra sobre el virus. No mentiría en nada, asumiría su culpabilidad pero no les daría pistas. Ni a Carpenter ni a otros peores que él. Aunque tal vez no los hubiese. Carpenter había empleado de todo en los interrogatorios. Cualquier tipo de coacción y bajeza eran válidos para un personaje de su calaña pero con él lo tenía claro. De Bourg no tenía familia ni amigos conocidos por lo que no se le podía hacer chantaje emocional de ningún tipo. Carpenter había utilizado todas las técnicas que conocía: Tortura física y psicológica, amenazas, reclusión de stress forzado, métodos químicos y otras muchas delicias más hasta que se resignó a aceptar los dictámenes de los psiquiatras del Institute Social de Sanation Menthal. Según ellos, la personalidad de su prisionero impedía que los métodos habituales de persuasión surtieran efecto en él. Sin embargo advirtieron que sería especialmente sensible al chantaje emocional por lo que Anthony Carpenter se había vuelto loco buscando alguna persona que significara algo para su prisionero. Así hubiera sido mucho más fácil. Coser y cantar. Pero fracasó y ahora no le quedaban recursos, de manera que no sabría nada sobre el virus.
El presidente del Tribunal carraspeó. La expectación era patente en la sala.
— Henry de Bourg —dijo éste—: este tribunal, una vez escuchados los testimonios de todos los afectados por el caso PK.279/39.OH, El Estado Comunitario contra Henry de Bourg y de quienes están relacionados con el mismo, examinadas las pruebas de la acusación y tenidos en cuenta los alegatos de la defensa, hemos acordado declararle culpable de sabotaje contra la propiedad comunitaria, uso indebido de las prerrogativas y privilegios propios de su cargo con resultado de destrucción de material vital para el correcto funcionamiento de la maquinaria del Estado, sustracción o destrucción de datos de propiedad estatal y filtración a la prensa de información reservada, con resultado de desbaratamiento de proyectos clasificados como alto secreto.
Por todo lo anteriormente expuesto se le condena a una pena de veinte años de reclusión en una institución penitenciaria aún por determinar. No obstante y teniendo en cuenta el informe sobre el estado de su salud mental solicitado por sus defensores hemos decidido permutar la condena por la de reclusión en una institución psiquiátrica del Estado hasta su curación, fecha en que ingresará en un centro penitenciario si aún no ha cumplido el plazo de condena anteriormente expuesto. Contra esta resolución no cabe recurso alguno. El mazo golpeó de nuevo la mesa y los letrados se levantaron.