2
El mazo cayó sobre la mesa con un golpe seco que provocó que los presentes en la sala redujeran el volumen de su murmullo hasta convertirlo en un silencio total. Una vez logrado éste se anunció la entrada del Tribunal. La agradable temperatura de la estancia contrastaba con el intenso frío del exterior donde llovía fina pero persistentemente. A causa de este contraste, el habitáculo se había convertido en un caótico conjunto de personas, gabanes y paraguas, dando la impresión de estar atestado.
En las filas de atrás, los muchachos de la prensa tomaban notas, alguno dibujaba caricaturas de los presentes y grababan cuanto allí se decía para, una vez filtrado, enviar la noticia que pareciera oportuna a cada redacción. Formaban una imagen pintoresca con sus portátiles, semejando un grupo de niños jugando en uno de los mal llamados “salones recreativos”.
En la parte derecha de la “Sala séptima para Asuntos Gubernamentales del Tribunal Superior del Estado Comunitario” como se llamaba el recinto, se encontraban, asépticamente vestidos, dos representantes de la Compañía de Investigaciones Sociológicas de Proyección (CISOP), dependiente del Estado Comunitario. Ambos lucían sendos trajes negros de impecable corte y, tras sus caras de póker, ocultaban un odio y ansias de venganza hacia el acusado que, si pudieran materializarse, se traducirían en el descoyuntamiento de éste. Tras ellos, otros dos hombres, uno de los cuales se hurgaba despreocupadamente la nariz y examinaba con atención cada producto de su búsqueda, dejaban claramente a la vista que les importaba un bledo cuanto allí ocurriera excepto la seguridad de sus jefes. Estaban allí para que nadie importunara a los hombres de la Compañía y sabían ganarse bien el sueldo.
En una ocasión, uno de los caballeros de negro miró disimuladamente a otra pareja situada un par de filas por detrás. Estos parecían dos sujetos procedentes de universos distintos. El más pequeño de los dos, un tipo enjuto, moreno y con el pelo engominado y peinado hacia atrás sacaba de sus diminutos ojos claros una mirada glacial e inmutable de esas que te hacen desear estar en otra parte. Se pasó un dedo por la ceja izquierda tapando en parte sus ojos, como para no mirar fijamente al otro. De paso, disimulaba una fea cicatriz que le bajaba por el costado de su cara y a la que, aún consciente de su poca estética, Anthony Carpenter, como se llamaba el hombre, tenía cierta estima porque le ayudaba en su trabajo: Amedrentaba a la gente. Llevaba un extraño anillo de oro con dos circunferencias formando un lazo. También vestía de oscuro y se rodeaba el cuello con un foulard verde plagado de barquitos amarillo pálidos. No volvieron a mirarse. Parecía como si el primero quisiera sólo cerciorarse de que los otros estaban allí. El compañero de asiento de Carpenter era un gorila pero no en el sentido que se da a los matones a sueldo. Se trataba de un gorila auténtico, de un hombre con pelo hasta en la frente y de más de ciento diez kilos de peso. Incluso sus brazos parecían más largos cuando se rascaba la coronilla con un gesto simiesco. Pero no era un gorila como aquel King Kong de la clásica película del siglo anterior que se enternecía mirando cómo gritaba una asustada Jessica Lange. Era un gorila no entrañable sino inquietante: Cualquiera desearía que no se sentara a su lado en el metro. En contraposición con la abundancia de pelo de su cuerpo, faltaba en su cabeza casi todo el cabello lo que nuestro simio disimulaba forzando un largo mechón desde la parte izquierda de su cabeza hasta la derecha. Tenía la mirada perdida en ninguna parte y quien le mirara con atención podría pensar que dentro de su cabeza había un cerebro solamente para ocupar el espacio. Se llamaba Hansk Scalfaro y nadie diría que había nacido en Zurich. Era un antiguo luchador de cuadrilátero. Comenzó participando en luchas de aficionados pero se empleaba con tanto empeño que pronto fue reclutado para la lucha profesional. De ahí a pasar al mundillo de las luchas clandestinas a muerte sólo hubo un pequeño paso. Se mantuvo en el circuito durante un año y medio y tuvo suerte: continuaba vivo y ganó mucho dinero. El problema fue que, así como llegó, se gastó. Afortunadamente, la Oficina de Inteligencia Civil dirigida por Anthony Carpenter le ofreció un contrato para hacer legalmente la labor que tan bien ejecutaba en la clandestinidad y de esa manera entró Hansk Scalfaro a formar parte de la Administración del Estado Comunitario.