Mientras Margarita adquiere los elementos necesarios para la construcción de su altar, conversa con las personas conocidas que va encontrándose en el camino en medio del bullicio, bien pronto comienza a pesarle, no la carga que lleva en los brazos, bastante voluminosa por cierto, sino las preguntas de aquellos que al verla se apresuran a mirarla con lástima, con tristeza, con pena. Finge no darse cuenta y sigue su camino abriéndose paso entre los rebozos de algunas mujeres, los atados de mercancía, los puestos, los extranjeros con sus cámaras fotografiándolo todo, el barullo que hacen los vendedores para atraer compradores. Pero no es suficiente. De cualquier modo, terminan alcanzándola para darle el pésame, para preguntarle cómo se siente y recordarle su agonía.
Emprende el camino de regreso con el paso más lento que nunca, arrastrando los zapatos, agachando la mirada. Las voces diciendo ahora "Buenas tardes" rebotan en las paredes sin encontrar eco o respuesta. Recuerda como si fuera ayer, la escena del entierro, la dolencia intensa que parecía traspasarle el corazón con mil dagas, destrozándole las entrañas también. Parecía que no habría consuelo capaz de aminorar tanta tristeza.
Las lágrimas caen lentamente de sus ojos mientras sube por el callejón que llega hasta su casa, esa casa en la que Juan vio la luz por vez primera y que fue testigo de su última salida dentro de un féretro de madera, encabezando la procesión, ella, que apenas si podía mantenerse en pie , fue llevada casi cargada por su compadre Benito que la soportaba con sus brazos fuertes y la esposa de Don Vicente, patrón de Juan en la mina que apareció en las fotos de los periódicos que comunicaron la noticia llevándola por la cintura.
Por fin llega a su casa, entrar en ella era un suplicio. Todo tan callado y negro. Ya nunca sonará la música con el volumen encendido a su máxima capacidad que hacía vibrar las paredes y que le terminaba ocasionando un dolor de cabeza intenso que disculpaba cuando aquel, la interceptaba en el pasillo para hacerla bailar entre sus brazos.
Se siente cansada y decide recostarse un poco para recuperar el aliento que se fue acabando con la caminata, el sol intenso y la compunción. ¿Algún día se sentiría aliviada de tanto sufrimiento? Ahora le parece imposible.
Y es que Juan era tan buen hijo, lo consideraba el premio que Dios le había otorgado. ¡Y él, tan feliz trabajando en la mina! Simplemente, estaba endiosado con ese empleo. Todo el tiempo platicando de rocas, metales y agujeros en la tierra con tanto orgullo. Y ahora...
El accidente fue ocasionado por un derrumbe no previsto, que ni siquiera lo amenazaba a él, al que ponía en peligro era a Luis, el hijo del carbonero. Juan estaba a corta distancia y previendo lo que estaba por venir corrió a empujarlo fuera de la zona de peligro justo cuando las rocas cayeron, pero encima de él.
Cierra los ojos y recuerda el momento en el vio a los chiquillos corriendo hacia su recaudería, supo que algo no estaba bien nada más mirar sus rostros desfigurados por el espanto. Corrió como pudo gimiendo en su desenfrenado andar hasta llegar a la mina. Ya estaban los servicios de emergencia apostados afuera, los trabajadores intentando rescatarlo de entre las piedras, los compañeros y sus esposas en espera de noticias mientras ella, de rodillas en el suelo pedía a Dios que lo rescataran con vida.
Después de varias horas aparecieron con él, unos hombres lo llevaban cargado, los brazos le colgaban cubiertos de sangre, la cabeza herida, los ojos vacíos y ciegos, la boca seca y muda, el corazón callado...¡muerto!. Lo recostaron junto a ella. Margarita tomó su cabeza y la acunó en su regazo mientras las manos inmóviles y fuertes pendían fallecidas. Comenzó a mecerlo como cuando era bebé y dormía confiado en sus brazos. Acarició su cabello y le dijo al oído palabras que sonaban huecas. Hasta que finalmente suplicó: ¡No me dejes aquí sola!.
-"¡Llévame contigo!" -gritó rasgando el ambiente que de pronto se había vuelto callado como un sepulcro, como la tumba en que debería depositar ese cuerpo amado, venerado, tan querido...
Lo demás fue difuso, casi irreal pero al mismo tiempo denso como una pesadilla, cruel como un terrible mal. El dueño de la mina se apersonó, se hizo cargo de todos los gastos. Finalmente, Juan se fue como los grandes, él mismo llevó el ataúd en su hombro junto con el minero salvado y otros personajes importantes abriendo la comitiva, los compañeros con sus cascos bajo el brazo, lo despidieron entre lágrimas reconociendo su valía, los barrenos de las minas tronaron a un tiempo haciendo que toda la ciudad se estremeciera con el tremor de la tierra. A Margarita se le figuraba que estaban despidiendo a un rey en vez de su hijo sencillo y cabal como hombre de bien.
Levantándose de la cama, se dispone a comer algo rápido para terminar con los pendientes. Con esos pasos lentos que se volvieron más cargados desde que su hijo se fue, llega hasta la recaudería y comienza a llenar recipientes de plástico guardados para tal efecto hasta atiborrarlos uno a uno: semillas de salvado en este, hinojo en aquel, mastranto en el más pequeño, salvado, café molido, lentejas y semillas de amaranto en los demás.
Las deja junto a las cosas compradas después de poner los hatillos de flores dentro de cubetas con agua para mantenerlas frescas e hidratadas. Va hasta el armario y saca con sumo cuidado una caja de cartón que con grandes letras rojas anuncia el nombre de la desaparecida crema Teatrical. De ahí, salen las cortinas blancas de deshilado herencia de la abuela Engracia, las moradas y blancas de encaje rebordado adquiridas en aquel viaje a Aguascalientes que hiciera con Pedro para celebrar que Juan venía en camino a esta vida. Los manteles blancos que ella misma confeccionó y bordó con el dibujo de 2 pescados, un cestito con cinco panes de oro y plata y la corona de cristo. Tres manteles en total, pues su altar siempre estaba edificado sobre la base de tres escalones.