Reza otras Aves Marías y Padrenuestros para pedir por la salvación de su Juan...y la suya. Todavía siente el tamal ingerido atorado en la garganta, desde el fatal día, no puede pasar alimento gracias al nudo que le obstruye permanentemente el pecho. Decide sentarse un momento, solo hasta que la tristeza aminore y las lágrimas dejen de amenazar con hacer estragos ahí mismo. Un milagro, necesitaría un verdadero milagro.

El viento que se cuela por debajo de la puerta mueve las banderitas hacia adelante y atrás. Afuera, alguien se acerca, se detiene frente a la puerta, saca un papel de su bolsa y corrobora la dirección. Observa el rostro sereno del pequeño recién nacido que duerme protegido por el calor de su madre y cubierto por el rebozo que magistralmente lo envuelve y lo mantiene asido con seguridad. Toca la puerta. No hay respuesta, sin embargo, la luz encendida adentro se refleja en el cristal de la ventana. Intenta de nuevo con mayor ansiedad y espera...

Por fin, se escuchan los pasos pesados que avanzan con dificultad. La puerta se abre, aparece un rostro con facciones idénticas a aquel tan amado, solo que éste es más sombrío, más viejo, más triste...

-Buenas noches -saluda la recién llegada- Soy Silvia...la novia de Juan...y él -señala al pequeño dentro del rebozo- es Juanito. Mis padres, me echaron de casa -dos gruesas lágrimas resbalan por su rostro moreno- dicen que los defraudé y...sé lo que le sucedió a Juan y pensé que quizás los tres juntos encontraríamos consuelo a nuestras tristezas...además...no tengo a dónde más ir

Margarita sonríe por primera vez en tres meses y abriendo los brazos la envuelve en un abrazo sincero y desesperado.

-Pasa hija...no digas más-le dice mientras se quita de la puerta para dejarla entrar- desde hoy, esta es tu casa, y ustedes, mi razón de vivir.

Silvia entra a la casa, Margarita cierra la puerta y voltea para mirar a su Dolorosa encabezando el altar y con lágrimas que ya no son de tristeza sino de agradecimiento por el milagro cumplido le da las gracias mientras la luz de las velas que traspasa las botellas, se proyecta en las esferas y rebota llegando hasta el rostro de la Virgen amada, que por unos instantes, a pesar del luto, parece sonreír satisfecha.

Elena Ortiz Muñiz