La manzanilla es esparcida por todos los peldaños del altar, las botellas de vidrio con el agua ya teñida de diversos colores dispuestas en todos lados, a un costado de ellas las esferas de vidrio, del otro las veladoras, junto al cuadro el cirio bendecido en la misa de gloria.
Las naranjas pintadas de dorado muestran banderas de papel del mismo color encajadas en su centro a través de los popotes, el incienso comienza a arder esparciendo su aroma y traspasando los trigos recién germinados de color amarillo y verde en las vasijas de barro. En sendos floreros primorosamente dispuestos figuran los alhelíes morados y blancos.
En el piso, con la guía del dibujo previamente trazado con un gis, un corazón traspasado por siete puñales comienza a adquirir vida gracias a las semillas dispuestas para rellenarlo por completo. Al rededor, las lámparas de aceite encendidas.
Apenas termina su obra, la gente comienza a llegar para admirar el altar, los niños, impacientes preguntan:
-¿Aquí ya lloró la virgen?
Margarita se apresura a servir la nieve en los vasitos para repartirla entre los congregados. Por fin, todo queda dispuesto. El ir y venir constante de los pobladores es signo inequívoco del día que celebran. Llega Lupe, la única empleada de la recaudería que contrató por insistencia de Juan y la deja a cargo del altar para subir deprisa enfundada en su vestido negro y rebozo morado hasta la mina y asistir a la misa que se celebra a favor de los trabajadores, sus familias y este año, también por el descanso eterno de Juan. Luego, se puede entrar a las instalaciones para admirar los altares que los mineros levantaron sobre las mismas máquinas en las que trabajan cada día en la extracción y beneficio del metal. Pero Margarita prefiere no ver nada. Ya de por si es bastante duro siquiera pararse frente a ese lugar que le arrebató al ser que más amaba en este mundo.
Regresa con la misma mirada triste, agradece a Lupe su apoyo en el altar, la ve alejarse rumbo al centro por el callejón que, como nunca, está enmarcado por los balcones floridos llenos de vida, atiende a todos los que llegan a admirar su altar repartiendo incansable, nieve de limón y agua fresca.
Ahí permanece toda la mañana Margarita, cuidando su altar, rezando y a ratos cantando, hasta que no quedaron más lágrimas de la Dolorosa en forma de nieve de limón y agua fresca. Se agotaron entre los grupos de niños, jóvenes, vecinos, turistas y guanajuatenses que se acercaban a santiguarse.
Cuando lo considera prudente, cierra las puertas, se viste con un vestido de manta que ella misma ha teñido de negro, cosido y bordado. Rematando la vestimenta, un rebozo ligero, calza sandalias en los pies y con ellas, sale rumbo al Jardín Unión, a vivir la otra cara del Viernes de Dolores, la faz pagana que es también hermosa. Hasta la boca del callejón llegan los aromas mezclados de flores, altares, incienso y cera quemada. La calle está convertida en un torrente humano, se incorpora como puede y se deja llevar entre la masa de gente. Al llegar a la parte más alta de la calle mira el panorama delante y debajo de ella: La orilla del río humano está delimitada por decenas de puestos que ofrecen una variedad inusitada de figuras elaboradas sobre cascarones de huevos que forman el cuerpo de animales primorosos, el centro de vistosas flores, la cabeza de personajes fantásticos que terminan teniendo forma y definición gracias a los adornos, los papeles multicolores, las telas que los embellecen. También hay canastas surgidas de la imaginación plenas de cascarones rellenos de confeti para ser tronados en la cabeza de alguna víctima distraída.
En todos lados hay flores: cientos, miles de ellas. Naturales, de tela, de lata, de papel, de hoja de maíz, de cera, deshidratadas, de cartón, en ramos, sueltas, por docenas, con tallos largos, medianos y cortos. Camina entre el mar de transeúntes y logra comprar algunos alcatraces de hoja de maíz y una docena de rosas elaboradas con fomi. Normalmente, llegar desde el callejón hasta el Jardín Unión toma solo 10 minutos, sin embargo, pudo pisar la cantera del piso hasta una hora después.
Ahí, le da vuelta a la plaza. La costumbre ordena que las damas rodean el jardín mientras los varones observan desde las orillas con ramos de flores listos en las manos, cuando ven a una mujer hermosa la alcanzan y le obsequian una flor, aquellas que reúnan la mayor cantidad de flores son las más hermosas de la ciudad. Casi todas portan vestidos y faldas largas con vuelo de manta, sandalias y rebozo. Es la vestimenta clásica en esa fecha.
Margarita sonríe cuando es alcanzada por un chiquillo que le regala un clavel blanco.
Finalmente, decide regresar a casa, junto a su altar. La pena no aminoró con el paseo. Se siente y se sabe sola ¿qué será de ella ahora? se pregunta, ya nunca tendrá a nadie con quien conversar antes de retirarse a dormir, nadie por quien trabajar y luchar, nadie que le de un sentido a su existir.
Cuando llega, las veladoras se han consumido, pone vasos nuevos que vuelve a encender, prende otros inciensos y acciona las lámparas de aceite que reposan junto al tapete de semillas. La tarde ha comenzado a caer haciendo que la luz parezca más intensa, se refleja la luminosidad en el agua de colores y en las esferas, el vidrio craquelado de las botellas y el azogado de las bolas de cristal le da profusión a la luz.