Extiende las telas sobre la cama mientras continua recordando: Ahí mismo estaba recostada la noche que entró su muchacho con una sonrisa diferente, plena. Y abrazándola le confesó:

-Madre. Estoy enamorado.

¡Enamorado! y a partir de ese día un nombre de mujer flotaba en el ambiente y aparecía en todas las conversaciones: Silvia. La muchacha le correspondía, pero los padres de ella no aprobaban la relación y justo el día en que Juan la llevaría a casa para presentársela, su familia se la llevó lejos frustrando la relación.

Los meses pasaron sin noticias de la muchacha, su alegría se disipó, andaba con los ojos tristes por todas partes, callado y meditabundo, los suspiros colgaban de las cortinas, de las flores, bajaban por la caja de los plátanos, entre las lechugas, acompañando a los ajos. Margarita lo miraba con tristeza, pero nada podía hacer, así era el amor: doloroso, impredecible, traidor. Eran muchos más los instantes amargos que los dulces, sin embargo, éstos últimos lo eran tanto, que daban para vivir gracias a su recuerdo toda una existencia.

Después de comprobar que tanto manteles como cortinas permanecen en buen estado, procede a bajar la siguiente caja. Envueltas en papel periódico y cuidadosamente guardadas las esferas de vidrio azogado de colores traídas desde Tonalá hace más de 10 años, luego, aparecen las botellitas de vidrio soplado con sus tapas de corcho, las compró craqueadas para que la luz quedara atrapada en el cristal.

Rápida pero cuidadosamente, lava las botellas y las esferas logrando que la tierra que pudiera haberse colado se caiga y las deja escurrir. Luego, a mano, friega las telas que habrán de arropar el altar y en tanto las talla amorosamente piensa que la muerte no es el destino cruel de cada uno de nosotros que tarde o temprano habremos de fallecer, sino un golpe seco, a traición que nos propina directo en el corazón la fatalidad. Porque los que nos vamos quedando somos los que sufrimos, y cada pariente, amigo, esposo o hijo que han partido se llevan al otro mundo entre las manos un pedazo del corazón de aquellos que se quedan llorando su partida con desolación

Extiende los lienzos en el tendedero y se queda unos segundos mirando cómo las gotas de agua caen al suelo reventando una a una hasta que se empieza a formar un charco que el sol se encargará de evaporar. Aún no ha salido un sol para ella que con su calor evapore la congoja que la tiene sumida en ese estado. Al principio le llevaba flores diariamente, luego, terminó por ir solo los domingos después de misa porque la visita al cementerio acababa por robarse su energía y llegaba tan desolada, que empezó a ya no abrir el negocio mientras las verduras y frutas se echaban a perder abandonadas.

Las miraba pudriéndose y pensaba que así estaban sus entrañas también, que así como las plantas comenzaban a marchitarse su corazón abandonado y solitario terminaría haciéndolo algún día. Pero luego, recapacitaba. Esa no era una actitud que su Juan hubiera aprobado. Él siempre le había hecho saber y sentir la admiración que le causaba comprobar su entereza y fortaleza para salir de las vicisitudes.

Entonces, sacaba las frutas malas, las verduras en estado de descomposición, traía mercancía nueva y fresca, quitaba las hojas amarillas y las flores secas a las macetas y abría las puertas permitiendo que la luz entrara de nuevo con aires frescos, empezaba a circular oxigeno en las habitaciones, respiraba hondo y quitaba polvo y tristezas de los rincones...hasta que la gente comenzaba a llegar con sus pésames y sus preguntas impertinentes recordándole que su hijo ya no estaba aquí, que permanecía dentro de una tumba pudriéndose, sin vida, ya sin alma.

Ayudada por la escalera, Margarita se sube al naranjo para cortar naranjas agrias de su árbol. Acerca la pintura dorada, los popotes, el papel, el pincel y con sumo cuidado comienza a pintarlas cubriéndolas del oro de la tintura. “Así quisiera yo cubrir mi dolor” piensa mientras realiza su labor. Termina con las naranjas, sigue con el papel. Deja todo encima del brocal de lo que en un tiempo fue un pozo dentro de su huerto para esperar a que se seque.

Se ha hecho de noche. No tiene hambre, ni ganas de nada. se quita el vestido negro colocándose el camisón de franela y se va a descansar. Al día siguiente, Guanajuato será diferente, se despertará entre flores de muchos colores, la banda tocará todo el día en el kiosco del Jardín Unión, la Virgen llorará pero ahí estarán ellos para consolarla, para sorber sus lágrimas con sabor a nieve de limón y agua con chía y enviarle un mensaje de amor. Por lo menos la Virgen, no estaría sola...como lo estaba ella.

Desde la calle llegan las voces de los muchachos. La juventud no duerme ese jueves. Todos están en el baile de las flores, llevan ramilletes de flores para la dueña de su corazón y al terminar la fiesta se irán al Jardín Unión a esperar el amanecer llenando el ambiente, además con su juventud y alegría.

El alba también sorprende a Margarita. Ya ha dispuesto sobre la mesa, las cajas y baúles que formaran los escalones. Mientras reza los misterios del rosario, pone los manteles bordados por ella en cada uno de los escalones, cubre la parte inferior de la mesa con el papel corrugado color ocre, amarra unos palos en los cuatro extremos y de ahí sujeta un alambre que será el sostén de las cortinas: la deshilada al frente, las moradas a los lados.

Entra en la casa y descuelga la imagen de La Dolorosa que llena la pared de su sala. Es un cuadro ancestral, pintado a mano por un pariente suyo que fue pintor y al cual no conoció pues murió muchos años antes de que ella acertara a nacer. El cuadro había pasado de familia en familia generación tras generación. Ahora, lo tenía ella, luego le tocaba resguardarlo a Juan, pero ya no podría hacerlo, debía comenzar a pensar en manos de quien dejaría esa valiosa reliquia. Lo acomodó en medio del escalón superior del altar, luego, sin perder la cuenta de las Aves Marías y los Padrenuestros vuelve con el crucifijo que coronaba la cabecera de su cama y lo pega con un clavo a la pared, exactamente encima de la dolorosa cuidando de no lastimar la cortina de deshilado y pasando el clavo por un hueco, entre los hilos.