Juan Carlos se sentó encima del ladrón, impidiendo cualquier movimiento de este y Alejandro se apoderó de la navaja. La señora llegó fatigada y levantó su cartera. La apretó contra su pecho, pareciendo protegerla como lo haría una gallina con sus huevos. Después le lanzó una mirada cargada de odio al inmovilizado ladrón y otra de agradecimiento a Juan Carlos. A lo lejos se escuchaban los pitazos y golpeteo de botas en el pavimento de dos policías que se acercaban corriendo. Viendo que el ladrón se encontraba tranquilo, Juan Carlos se levantó. La señora estaba acusando al ladrón a uno de los policías, mientras que el otro se acercaba para esposarlo. De repente, el ladrón cayó de rodillas:


- Por favor... doctorcito... Mire que lo hice por hambre... Por favor... Tengo una familia que mantener. - Balbuceó con súplica.


El policía le agarró una mano con firmeza. Y de repente, sin siquiera proponérselo, Juan Carlos salió en defensa del ladrón:

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