- Fresco, oficial. Déjelo ir que aquí no ha pasado nada.


El policía lo miró, interrogándolo con la mirada, mientras que el ladrón lo miraba esperanzado.


- Es verdad, doctorcito... - Le dijo suplicando a Juan Carlos el ladrón. - Le juro que es por hambre. Le juro que no lo volveré hacer. - Con la mano libre, el ladrón se persignó. - Por Chucho que no vuelvo hacer.


- Si oficial, déjelo ir. - Habló Juan Carlos con confianza, viendo que la señora había desaparecido entre la multitud que los rodeaba. - Mire que ha prometido no hacerlo de nuevo y siempre hay que darle una oportunidad a la gente. A lo mejor, algún día de estos, él le puede ayudar a usted en algo.


El oficial rió de buena gana. ¿Cómo era posible que un pinche ladronzuelo le ayudara en el futuro? La broma fue bien recibida y movido por el sentimiento de justicia del chico, decidió dejar libre al ladrón, conformándose con amendrentarlo.

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