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- ¿Para qué demonios le dio la plata? - Asaltó a su amigo, apenas el joven se había alejado. - ¿Cómo carajos se supone que vamos a regresar a casa? - Exclamó furioso y se paró en seco. - ¿Caminar? No tengo ninguna intención de hacerlo. Estoy mamado y tengo hambre. - Terminó de repente con tono quedo.
- Dios proveerá, Alejo. Dios proveerá. - Contestó Juan Carlos con deje misterioso y siguió caminando.
- ¿Dios? - Repitió incrédulo Alejandro. - ¡Si Dios proveyera, ni siquiera tendríamos que caminar como un par de estúpidos por la calle, buscando algo que no existe, muertos de hambre, sin un peso, y usted fantaseando sobre alguna vieja que a mí se me hace irreal, porque nunca la he visto!
- Si existe. - Respondió Juan Carlos tranquilamente. - También Dios.
Alejandro se quedó boquiabierto ante la abierta muestra, sino de terquedad, entonces de estupidez, de su amigo. Se paró en seco y aulló voz en cuello:
- ¡No me moveré de aquí, hasta que Dios no me de algo de comer!
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