— Si he dudado de tu palabra, perdona. No he querido ofenderte.
— Estás perdonada pero quiero contártelo así que, ahí va.
Juana se armó de paciencia y antes de retomar el camino echó un largo trago del cartón. Miró a su compañera como para ofrecerle pero desistió. Esta se frotó las palmas de las manos para mitigar la continua molestia producida por las asas de las bolsas y las recogió del suelo para reemprender la marcha. Guardó silencio durante unos segundos.
— No —dijo—. Nunca te había hablado de ellos y no sé por qué. Tal vez por lo que has dicho antes. Estamos juntas y no importa lo que fuimos. Aquello ya pasó y ahora recorremos la ciudad, esta ciudad en la que soy forastera. Ahora no poseemos nada más que lo que podemos llevar con nosotras pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en el que yo, y seguramente tú también, llevaba una vida normal. Era feliz, incluso. Justo, mi marido, ya trabajaba en la pescadería de sus padres cuando nos casamos y allí solía ir yo todos los días para echar una mano. No toda la jornada pero mis pinitos sí que hacía. Al principio vivíamos de alquiler en un piso pequeño y antiguo. La verdad es que casi se caía de puro viejo pero ya sabes: eres joven, recién casada y tienes la ilusión. No te importa cómo vivas y te arreglas con lo que sea. De alguna manera tienes que empezar ¿no te parece?.
No esperó contestación. Ya se había decidido y no deseaba dejar su narración sin un final. Además, a lo peor llegaban al albergue y, entre la cola para cenar y buscar un lecho, su amiga Juana perdía todo el interés por su historia así que continuó.
— Bueno, pues allí vivíamos con lo imprescindible pero felices. Justo era un buen hombre. Siempre le tocó trabajar y duro. No se pueden olvidar aquellas madrugadas a las cuatro de la mañana para comprar buen pescado a bajo precio en el Mercado de Abastos. Él iba cada mañana menos los domingos y los lunes porque aquellos días no había pescado. Enseguida vino el primer niño. Un varón precioso. A partir de ese momento me dediqué más a la casa y la cría que a la pescadería, la cual quedó casi por entero para Justo. Contrató a una mujer para ayudarle, de manera que aún nos quedaba menos ganancia. No vayas a creer que una pescadería da para tanto, no. Arriesgas mucho y, como no calcules muy bien, te quedas con género en el frigorífico. Eso ocurría casi siempre porque las clientas no son tontas y no se conforman con lo del día anterior. La cuestión era que casi todos los días había en casa pescado para comer y para cenar. Las sobras. Oye: estoy cansada. Vamos a parar un momento.
— Se hace tarde, Petra. Aguanta que no falta tanto...
— Como quieras. ¿Dónde iba?
— En todo el pescado que comíais.