Petra levanto algo la barbilla, como orgullosa de la frase que iba a contestar. Miró a la otra a los ojos y se tomó su tiempo saboreando la ansiedad que reflejaba su cara.


— Algo más de doscientos millones.


— ¡Doscientos! —exclamó Juana con un suspiro no exento de envidia—... ¿Y estás aquí trotando las calles? ¿Qué burla es esta, Petra?


— Perdona, Juanita. Te he dicho antes que una vez fui —recalcó la palabra— millonaria, no que lo sea ahora.


— ¿Y qué más da que lo hayas sido o que lo seas? ¿Qué pasó con el dinero? ¿Te lo robaron acaso?


— ¿Me quieres dejar terminar lo que te estaba contando o sólo vas a hacer estúpidos reproches?


— Cuenta, cuenta —capituló Juana con el ceño algo fruncido—, pero no sé si voy a poder asumir esta humillación.


— No es ninguna humillación —replicó Petra quien no sabía si habría sido acertado comenzar aquella historia—. La lotería es un juego de azar y cualquiera que juegue lo hace con la esperanza de que le toque el gordo. Otra cosa es el qué haces con el dinero si tienes la suerte, entre comillas, de que te caiga. Eso es lo que quiero contarte, Juani. Para mí no fue tanta suerte.


Juana ya no hablaba. Se limitaba a caminar arrastrando el carrito junto a su afortunada compañera. Ni tan siquiera estaba segura de escuchar. Casi oía sus palabras como un lejano zumbido. ¿Qué habría sido de ella si hubiera tenido en las manos esa cantidad de dinero? Viviría como una marquesa, los más bellos vestidos, los mejores restaurantes, la "dolce vita"...


— ¿Me escuchas, Juani? —la voz de Petra le sacó de su ensoñación.


— Sí, te oigo —respondió.