— Bien. Pues, te decía que aquella riada de dinero no fue, en absoluto, beneficiosa ni para mí ni para los míos. Al principio, sí. Imagínate, qué susto. En casa no nos lo podíamos creer. ¡Tanto dinero!. Te puedes suponer cómo fue. Champán, celebraciones, mucha euforia. Todos encantados. Al cabo de unas semanas, una vez pasada la resaca, el asunto del dinero iba perdiendo su contenido. Nadie sabía muy bien qué hacer con él. Todos teníamos ideas, que si pisos, que si viajes... La verdad es que sí pensé en hacer un viaje largo y lujoso pero, al final, resolví que tenía ya muchos años y que no me apetecía embarcarme en una aventura de tal calibre. En fin, que lo único que me quedaba era la felicidad de poder ofrecer a mi familia la seguridad de un futuro sin problemas. Mis hijos y sus familias serían ricos y yo estaba contenta porque les quería. Ellos cuidarían de mí porque no sólo me querían sino que, además les había resuelto la vida. Pero, querida, me confundí con ellos. Si alguna vez me quisieron, el dinero lo cambió todo. Descubrí que ya no me veían como a su amada madre sino como a un montón de billetes que heredarían cuando yo muriese, igual que aquellos que cuando ven una vaca se la imaginan hecha filetes. ¿Comprendes?. No fue un descubrimiento repentino, no. Fueron detalles, conversaciones en las que sorprendía a mis hijos. Primero fue una entre el mayor de los chicos y Sonia. Que si tú no te ocupas lo suficiente de la madre, que si parece mentira, que si esto tiene que ser una obligación compartida, que si no vale escaquearse ahora y luego, a la hora de heredar, todos iguales…, todas esas cosas. En otra de ellas, Andrés y Arturo hablaban entre ellos de su desconfianza y del Testamento. Querían conseguir copias, asegurarse de que ninguno de los tres se aprovechara de los otros. Puedo asegurarte que llegaron a odiarse. ¡No sabes las horas que pasé llorando en soledad!. Eran mis hijos, lo que más había querido en la vida y para lo único que pensaban en su madre era para calcular la fecha de su muerte. Estuve a punto de repartirles el dinero en vida y quedarme con una pequeña parte para mi sustento, pero siempre fui muy reflexiva. Le di muchas vueltas al asunto y al final encontré la solución. Tuve que reconocer todos mis errores. Siempre les había puesto la vida demasiado fácil. De pequeños tuvieron todo hecho, había sido para ellos poco más que una sirvienta y nunca supieron lo que cuesta ganar el dinero. Incluso toda esa avalancha de la lotería había llegado sin esfuerzo y la avaricia les había trastornado hasta el punto de olvidar todas las privaciones que su madre había sufrido por ellos, porque les quería. De nada me servía intentar olvidarlos. Contra el amor, contra el amor de una madre nada se puede. De manera que di con la solución.


Petra calló un momento para comprobar el interés de su amiga. Esta, al darse cuenta de la interrupción la miró, esperando que reanudara su relato. Satisfecha, continuó.


— Me costó mucho trabajo convertir en metálico todas mis posesiones. Tuve que contratar a un abogado para que trampeara lo necesario hasta lograr tener en mi mano la mayor cantidad de lo que atesoraba. Al cabo de bastantes semanas en las que no me arrepentí ni un ápice de mi decisión, conseguí que todo mi dinero, excepto el piso, estuviera metido en una maleta. El abogado fue muy discreto y le recompensé bien por ello. Firmé un poder para que cuando yo no estuviera legara mi vivienda a los tres, a partes iguales y ya sólo me restaba comprar una gran palangana de latón que coloqué en el centro de la sala. Fue allí donde una tarde de invierno de las que ya pasaba muchas sin una triste visita, fui quemando uno por uno y arrojando sus restos a ella, cada uno de aquellos malditos billetes que tanto daño habían hecho a mis hijos, a los que tanto amaba y a mí misma. Y, con cada uno que ardía, sentía cómo me iba liberando de la culpa de todas mis equivocaciones anteriores, cómo iba devolviendo a mi familia la oportunidad de ser de nuevo seres humanos con alegrías y penas, con incertidumbres por el futuro, con la necesidad de esforzarse para vivir, con la posibilidad de volver a amar. Al día siguiente metí todos los recuerdos que pude llevarme en dos fuertes bolsas de viaje y dejé para siempre mi casa y mi ciudad. Cuando tomé el tren que me traería hasta aquí me dije que nunca les olvidaría pero de lo que estaba completamente segura era de que ellos me recordarían siempre.