Había anochecido ya en el otoño urbano cuando los pocos que no estaban recogidos apuraban el tiempo de vuelta a sus hogares y dos ajadas figuras con todas sus posesiones a cuestas daban los últimos pasos que les llevarían al Albergue de Beneficencia. Dentro encontrarían calor y un plato de sopa que les proporcionaría las fuerzas necesarias para recorrer la ciudad un día más. Una de ellas, una vez, fue millonaria.

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