— ¡Ah, sí!. En fin, que no era una bicoca. Para el quinto año de casados ya teníamos tres hijos: dos niños, Andrés y Arturo porque no íbamos a poner Justo a un niño tan pequeño. También una niña, Sonia, la más pequeña. Justo seguía trabajando a destajo y casi no le quedaba tiempo para sus aficiones que eran bien pocas. Le gustaba subir al monte y jugar al ajedrez pero prácticamente nunca hacía ninguna de las dos cosas. El trabajo fue lo que le llevó a la tumba. Eso y el poco coraje que sacaba para defenderse a sí mismo. Un día cayó enfermo y ya no se levantó de la cama. La cosa es que me quedé sola, con tres bocas que alimentar. No quería que les faltara de nada. Les quise con locura. ¿Qué va a hacer si no una madre? Empecé a llevar la pescadería y la casa. ¡No sabes como llegué a odiar el pescado!. Fue en ese tiempo cuando me llegó la afición a la Lotería. Nunca jugué mucha cantidad pero todas las semanas llevaba a casa un décimo del mismo número. Todavía lo recuerdo. Un número feo que no quería nadie: el ocho mil ochocientos ochenta. Con un cero por delante. Un capicúa lleno de ochos.


Petra paró un instante mientras su compañera de viaje urbano continuaba la marcha a paso lento. Dejó las bolsas en el suelo, se frotó las manos y las retomó acomodando algo las asas.


— Espera —dijo elevando algo el tono de voz para hacerse oír entre el murmullo callejero que ya iba decreciendo. Llegó hasta su altura y prosiguió su relato—. Los niños fueron creciendo. Como comprenderás, yo quería lo mejor para ellos. Les matriculé en colegios de pago, a los chicos con los frailes y a la chica con las monjas porque para la enseñanza, lo de toda la vida y los religiosos sí que tienen disciplina y mano dura, no como en las escuelas públicas. En esas todo el mundo hace lo que le da la gana y luego, así pasa lo que pasa. En fin..., los tres me salieron muy aplicados. Cumplían con lo suyo: estudiar. Pero no creas que hacían nada en casa, no. Y tampoco yo lo quería. Que estudiaran para que el día de mañana no tuvieran que limpiar el pescado de las remilgadas señoras que no quieren que les quede el olor en las manos. Por supuesto que nunca pusieron ni un pie en la pescadería. De todas formas, creo que en eso me equivoqué. Les consentí demasiado y llegaron a pensar que la vida era así de fácil, que a mí me tocaba trabajar como una burra para que ellos vivieran como señoritos. Lo que pasa es que yo me conformaba con que me quisieran. Me destrozaba la cintura y las piernas por ellos porque les quería y no les pedía más que ellos me quisieran. Cuando me llegó la hora de la jubilación ya estaban casados los dos chicos y a Sonia le quedaban dos meses para la boda. Vendí la pescadería y con lo que me dieron por ella ayudé a los tres a amortizar los créditos que tenían pendientes con el banco de manera que, en pocos años, todos ellos tenían piso, me habían regalado tres nietas y dos nietos y yo ya podía estar tranquila. Sentía la satisfacción del deber cumplido y no me restaba más que esperar que mi familia se ocupara de mí durante los años que me quedaban. Casi podía decir que era feliz y que todo iba a seguir rutinariamente hasta que me llegara la hora pero estaba completamente equivocada. Todo lo que había previsto, lo que tenía cuidadosamente preparado dentro de mi ignorancia, se trastocó por culpa de la lotería...


— Así que era eso —Dijo Juana mirando con los ojos bien abiertos a su acompañante y esa vez sí que se paró—. Así que fuiste millonaria porque te tocó la lotería. Y, ¿cuánto? ¿Mucho dinero? ¡Qué calladito te lo tenías!


— ¿Ahora vienes con esas? —replicó Petra—. ¿No eras tú la que decías hace un momento que no querías saber nada de mi vida anterior, que era mejor así?


— Ya. Pero esto es diferente...


— ¿Por qué va a ser diferente?


— Pues, porque... porque... ¡Bueno! Porque es distinto pero, continúa. ¿Cuánto te tocó?