1.                  La pareja

 

Parador de Turismo, ciudad de Ronda.


     -¡Ufff!. ¡Qué bien he dormido!. No me he enterado de nada –se regocijaba Antonio. Esto era lo que le hacía falta después de casi un día entero conduciendo. Ahora, recién levantado, una ducha y como nuevo.


Abrió de par en par los portones del balcón. Una bocanada de aire limpio y fresco de la mañana se precipitó hacia la espaciosa habitación chocando contra su rostro. Desde este privilegiado enclave, gozaba de una magnífica vista sobre el impresionante Tajo, de casi cien metros de altura, horadado por el río Guadalevín. Su habitación daba directamente al abismo. La visión del corte vertical de las escarpadas rocas le sobrecogía.

    -¡Hum!. ¡Naturaleza!. ¡Aire limpio y puro!.

¡Quién le iba a decir, hace una semana, que estaría hoy en esta ciudad!. ¡Las sorpresas que tiene la vida!. El futuro siempre era imprevisible y su familia contribuía para que siguiera siendo así. No se les pudo ocurrir otra cosa que obsequiarle con un viaje para su cumpleaños.


Él personalmente reconocía que, a la hora de hacerle un regalo, no lo tenían fácil. ¿Qué se le regala a un joven que tiene de todo?. ¿Más camisas, más corbatas?. Casi lo prefería de esta forma, al fin y al cabo, estaba necesitando cuidarse un poco y tomarse unos días de descanso para escapar del trepidante y ajetreado ritmo de trabajo de la oficina.


     -Bueno..., será mejor que baje a desayunar –se dijo.

Según la nota que le dejaron la noche anterior en recepción, a las once de la mañana, tenía cita en el vestíbulo con la persona de la agencia de viajes para proporcionarle el plan previsto para la visita turística.

El comedor del parador era amplio, con un aire rústico, con grandes ventanales que proporcionaban unas estupendas vistas y donde la luz solar, junto con la decoración en tonos azules y amarillos, contribuían a crear un ambiente cálido y acogedor. El restaurante, en sí mismo, era muy pintoresco, hasta tal punto que, existía un pequeño mostrador donde se podía adquirir los productos gastronómicos típicos propios de la zona. Las mesas estaban distribuidas de forma que garantizaban un mínimo de intimidad a los comensales.


El desayuno consistía en un buffet libre y esto le ayudó en gran medida a reconfortar su estómago ya que, cuando llegó la noche anterior, tras el largo viaje, era demasiado tarde y no tuvo oportunidad de cenar.


Aquel lugar rezumaba tranquilidad por todos los rincones, era temporada baja y no había muchos huéspedes en el parador, diferente sería si fuese Semana Santa, Ronda es famosa por su devoción y sus procesiones o en el mes de septiembre que es cuando se celebra la feria del ganado y la corrida goyesca.

     -¡Pom!. ¡Tlank!.


Algo sonó con estruendo en la mesa de al lado.


     -¡Ay!. ¡Perdón!.


     -¡Mira cómo me has puesto!. ¡Ten más cuidado!.


     -¡Oh!. Lo siento. ¡Qué torpe estoy!.


     -Bueno mujer no pasa nada, por suerte está frío, si hubiese sido café caliente sería mucho peor.


En la mesa de al lado había una pareja mayor sentada y, en esos momentos, ella acababa de verter zumo de naranja sobre el polo blanco de su compañero. ¡Cuando menos le iba a quedar una vistosa mancha!.

Antonio terminó de desayunar y se dirigió al vestíbulo. Mientras esperaba, contemplaba la llamativa cúpula de cristal que cubría el techo del vestíbulo y que despedía destellos luminosos al reflejar la luz incidente. Esta cúpula contrastaba con la decoración circundante de un estilo un poco más contemporáneo. Aquellos elementos decorativos chocaban con la tradicional y rústica imagen que él poseía de los Paradores de Turismo. Según los folletos, este edificio, en su tiempo, fue sede del antiguo mercado de abastos y del ayuntamiento, más tarde, se reformó para adecuarlo y hacerlo apto para el alojamiento de los turistas.


Eran las once, algunas personas se iban acomodando en los butacones cargados con las cámaras, guías y planos de la ciudad. Al cabo de un par de minutos llegó una chica joven con una carpeta de la agencia Ronda-Tours, se presentó y pasó lista, en total eran nueve personas.


     -¡Ya estamos todos! –dijo la joven tras nombrar uno a uno a los presentes-. Según la agenda prevista, hoy es un día libre para que ustedes puedan visitar con libertad la ciudad y familiarizarse con ella, pero permítanme que les proponga un plan. En nuestra agencia estamos poniendo en práctica una iniciativa para ayudar a que los visitantes disfruten de una estancia lo más pobrechosa posible. En grupos anteriores, la experiencia nos ha demostrado y los comentarios de nuestros clientes así lo han refrendado que, cuando se hacía el recorrido por la ciudad, se visitaban muchos monumentos en muy poco tiempo por lo que no se conseguía contemplarlos despacio, sin prisas. Esto es inevitable por la escasez de tiempo. No obstante, para solventar este inconveniente, les proponemos un pequeño juego, evidentemente cualquiera de ustedes es libre de rechazarlo y de tomarse el día por su cuenta. La agencia sólo hace una sugerencia, aceptar esta iniciativa es totalmente voluntario.


Los allí congregados se cruzaron unas miradas de extrañeza pero nadie realizó ningún comentario en contra de lo expuesto hasta ese momento.


     -Como son nueve –prosiguió la joven de la agencia- podemos formar grupos de tres. Lo que les propongo es lo siguiente: a cada grupo se le proporcionará una lista con pistas numeradas sobre los monumentos, cada una corresponde a uno en concreto. También se le prestará una cámara de revelado instantáneo. Deben identificar cada monumento con las pistas que les proporcionamos y adjuntar una foto con al menos uno de ustedes posando, así se evitará el intercambio de fotografías entre grupos diferentes.


Han de escribir en el dorso de la fotografía el número de la pista a la que corresponde. El grupo que identifique correctamente y fotografíe la mayor cantidad de monumentos durante el día de hoy y me entregue las fotos mañana, será el ganador. Además, se le invitará, por cortesía de Ronda-Tours, a una cena en este mismo local. Asimismo, se obsequiará a todos los participantes con un pequeño recuerdo. Mañana por la mañana, haremos la visita con el guía. Él nos explicará cosas y curiosidades sobre cada monumento. Sin embargo, hoy habrían tenido la oportunidad de apreciarlos y contemplarlos tranquilamente. Seguro que, de esta forma, aprovecharán mucho más las explicaciones de mañana. ¿Qué les parece?.


La reacción de la gente fue más bien apática. La verdad era que la propuesta les pilló a todos de sorpresa y todavía, no existía la suficiente confianza entre ellos como para dar una opinión y expresarse libremente.


     -Muy bien, si no hay comentarios u objeciones… ¿Me dicen quienes formarán cada grupo?.



Unos miraron a los otros, los más lanzados comenzaron a dar los nombres a la joven. Antonio no conocía a nadie y quedó expectante a que le pusieran en un grupo o que alguien se lo ofreciese.


     -Nosotros somos dos, necesitamos a alguien que vaya solo –solicitó alguien a la chica de la agencia.


     -Sr. Ruiz, usted que está solo, irá con el matrimonio García, Manolo y Pepa. ¿Vale?.


El muchacho miró hacia donde apuntaba el bolígrafo de la chica y vio que aquellas personas eran la pareja que desayunó al lado suyo, los del zumo. Ambos devolvieron una sonrisa a Antonio a modo de cortés saludo.


     -¡Ya están los grupos formados!. Estas son las pistas –añadió la muchacha haciendo entrega de una hoja a cada equipo-. Si no tienen ninguna pregunta, nos vemos mañana aquí a la misma hora con sus fotos. Pueden recoger una cámara por grupo en recepción. ¡Qué disfruten de una buena jornada y suerte a todos!.


Antonio se incorporó y fue a sentarse junto a los García. Parecían buena gente aunque un poco mayor y sosa para su gusto.


Pusieron la lista de las pistas y el material turístico encima de la mesa. Poco a poco, con la ayuda de las explicaciones, las referencias y las ilustraciones de las guías, cumplimentaron las líneas de puntos con los nombres de los respectivos monumentos:

1)     En este lugar las tropas de los Reyes Católicos tuvieron que acampar. Sobre dicho terreno se fue a edificar aquel que bajo el símbolo de la cruz su planta se tuvo que diseñar.


….Convento de San Francisco….


2)     Felipe tiene una igual pero en ésta, a los Austrias pleitesía rendirás.


….Puerta de Carlos V….


3)     A la muerte de Isabel la Católica nace. Sobre un cementerio y una mezquita musulmana yace. En el cielo azul se recorta su sólida y austera imagen.


….Iglesia del Espíritu Santo….


4)     Ocho sobre cuatro para intentar a Dios alcanzar. Nicho policromado para la Madre de Dios albergar.


….Iglesia de Santa María del Mayor….


5)     Tres patios se han de visitar para a la fuente y la alberca de diez chorros llegar. Sus jardines has de contemplar si al abismo te quieres asomar.


….Palacio de Mondragón….


6)     Tres cuerpos en busca de las alturas has de superar para tocar unas campanas que no habrán de sonar.


….Minarete de San Sebastián….


7)     Sólo uno de dos el tiempo pudo superar y aunque muy deteriorado, por su tamaño, nombre al monumento ha de dar.


….La Casa del Gigante….


8)     El arroyo de las Culebras agua fría te va a proporcionar para que al aire caliente por los hipocaustos hagas circular. En sus jardines, trabajos de tenerías se llegaron a realizar.


….Los Baños Árabes….


9)      Cuatro americanos el frontón están aguantando. Todos ellos se han desnudado pero sólo dos las vergüenzas han ocultado.


….El Palacio del Marqués de Salvatierra….


10)  Cuatro lanzas al cielo han de apuntar para custodiar a la cristiandad y a la ciudad. Ocho chorros y el escudo verás detrás de donde los animales abrevarán.


….La Fuente de los Ocho Caños….


11) Lugar en donde a Santa Cecilia tenías que orar. Con el paso del tiempo cambiará y, ahora, a un padre has de venerar.


….La Iglesia de Nuestro Padre Jesús….


12) Antes de cruzar, en el sillón del Moro habrás de descansar.


….La Puerta de Felipe V….


13) En una cárcel muy alta estarás si en ella te van a encerrar. Al abismo te podrás asomar si por él has de cruzar.


….El Puente Nuevo….


14) A la Virgen se ha de venerar en aquel lugar, donde los ahorcados te recuerdan, que por tu alma te has de humillar.


….El Templete de la Virgen de los Dolores….

Antonio los dejaba hacer, él no tenía ni idea de esta ciudad ni de sus monumentos, ni tan siquiera dispuso de tiempo previo, ni ganas, para documentarse. Él venía con el firme convencimiento de pasar unos días tranquilos y de sosiego en medio de la sierra, totalmente apartado del trajín cotidiano del día a día.


 

2.                 Las fotos

 

Manolo marcó los emplazamientos en un plano turístico de la ciudad y tras esto comentó:


     -¿Tú no eres de aquí?, de Andalucía me refiero. ¿Verdad?.


     -No, soy de Barcelona, estoy de vacaciones.


     -¿Solo?.


     -Sí, a veces es mejor solo que mal acompañado.


     -Ahí te tengo que dar la razón. Bueno, sobre el tema de las fotos, veo que han escogido los monumentos más representativos de la ciudad. No los podremos recorrer todos a pie en un día, son muchos y sería bastante difícil. A ver que te parece esto: como nosotros tenemos una cámara instantánea, lo que podríamos hacer es dividirnos en dos grupos. Tú tomas la cámara de recepción y te encargas de unos monumentos, mi mujer y yo nos encargamos de los otros. ¿Qué te parece?.


     -Bueno, a mí me da igual. Lo que vosotros digáis. Pero tampoco hay que tomárselo muy en serio, no se trata de una competición.


     -No, claro que no, pero de esta forma cada cual va a su aire. ¿No te parece?.


Estaba claro que aquella pareja prefería estar sin su compañía. Antonio no insistió mucho, más valía ir solo que presentir que eres un estorbo.


     -Bueno, yo no tengo inconveniente –contestó Antonio con resignación.


     -Tal y como aparecen los monumentos en el plano, han seguido una ruta para hacer la lista –explicaba Manolo-. Podemos dividirla en dos. Para ello, hay que llegar hasta el Puente Nuevo después, mi mujer y yo podemos ir en dirección sur hacia La Ciudad y San Francisco. Tú puedes tomar dirección este, hacia el Padre Jesús, eso quiere decir que, nosotros nos encargamos de siete monumentos de la lista y tú, te encargarías de los otros siete. ¿Qué te parece?.


     -¿Qué querían que les dijera? –pensó Antonio. Ante la sugerencia tan clara de “no molestar”, no existía duda posible-. Bueno..., lo podemos hacer así, como vosotros proponéis –contestó siguiendo la corriente y asumiendo el punto de vista de los García.


     -¡Estupendo!. Aquí tienes el mapa, esta línea que he dibujado es tu ruta. Entonces, nos vemos esta noche para juntar las fotos –propuso Manolo.


     -Vale, pues hasta esta noche –confirmó Antonio.


     -Acuérdate de recoger la cámara de recepción –le recordaron a modo de despedida.


     -Esta pareja es un poco rara -pensó el muchacho con el plano en la mano-, en cualquier caso, siempre podríamos haber hecho una pequeña parte del camino juntos. Todos teníamos que pasar por el Puente Nuevo, hasta no haberlo cruzado, nuestros caminos no tomarían direcciones divergentes.


 


Tras recoger la cámara, comenzó a caminar tranquilamente recorriendo su ruta para hacer las fotos exigidas.


Llegó hasta el Puente Nuevo, símbolo de la ciudad de Ronda, aunque éste se veía en buen estado de conservación, aparecía a la entrada un letrero que prohibía la circulación a los camiones. Por muy bien construido que estuviese, con los años se había ido resintiendo la estructura.


Se dispuso a hacer una foto. Al estar el puente tanto en su ruta como en la de los García, cabía la posibilidad que ambos lo fotografiarán pero, ante la duda, mejor repetir que faltar.


En el momento de hacer la foto cayó en la cuenta del papelón que le había tocado. Según las condiciones dadas por la chica de la agencia, en las imágenes debería aparecer el monumento junto a uno de ellos. Esto implicaba que, en cada lugar, iba a tener que solicitar la ayuda de algún transeúnte o turista para poder ser fotografiado al lado del monumento. Casualmente, una pareja de orientales le pidieron con señas que les hiciese una foto. Antonio se prestó a ello sin reparo y aprovechó la ocasión para solicitarles el favor recíproco.


Para tomar el encuadre del puente, en toda su longitud, era bastante difícil y, si quería aparecer él sin estropear la vista del monumento, debía posar justo debajo del letrero. Esto no quedaba muy estético pero la mejor vista posible del puente era desde este ángulo. En esos momentos, no disponía de tiempo para buscar alternativas, no era cuestión de abusar de la paciencia de aquellas personas.


En el peor de los casos, al día siguiente en la visita guiada, buscaría un ángulo más favorecido para evitar la aparición del letrero y tomar una instantánea realmente buena.


Desde los balcones del puente, las vistas del Tajo en la roca eran impresionantes. Si te asomabas, te podía dar vértigo ante la visión de las paredes prácticamente verticales y escarpadas a lo largo de los cien metros de desnivel. Con el cuerpo echado hacia delante, se sentían las corrientes ascendentes de aire que te acariciaban la cara. Éstas poseían tal fuerza que se podía disfrutar de la contemplación de aves que, inmóviles, planeaban sin desplazarse en ninguna dirección, quedando suspendidas en el aire como si estuviesen sujetas por cables invisibles.


Asomado en el balcón, prestando atención a las conversaciones de la gente de su alrededor, pudo obtener información sorprendente, de la que no vienen en las guías y los folletos, como el comentario de una señora que explicaba que, cuando ella era niña y de eso hacía muchos años ya, la hendidura estaba llena de grajos que se posaban en el arco inferior del puente y, ahora, no quedaba ninguno. Un hombre aseguraba que esta vista era impresionante pero que la del balcón de los jardines de la Alameda lo era mucho más. Allí, el saliente estaba tres o cuatro metros suspendido hacia el vacío y las vistas, desde ese emplazamiento, te dejaban boquiabierto.

 



Tras disfrutar de la majestuosa visión y cruzar el puente, Antonio fue recorriendo su camino identificando todos los monumentos asignados y realizando las fotografías de rigor.


Para comer paró en un restaurante de la ruta turística. Estos establecimientos poseen la imagen estereotipada que tienen en el extranjero de España a base de flamenco, toreros, bandoleros y abanicos. Desde luego, no se les puede negar su genuino encanto y si no que se lo pregunten a los turistas.


Después de comer, con la solana de la tarde, daba mucha más pereza proseguir con su labor. Ahora entendía que la siesta, en estas tierras, no era un capricho sino toda una necesidad; a esas horas hasta las lagartijas huyen de castigo del sol. Los rayos reflejados por el blanco inmaculado de las paredes encaladas no hacían más que potenciar la presencia del agobiante sol.


Lo bueno que poseía esta parte de la ciudad era sus angostas calles las cuales, en su estrechez, no dejaban que el sol se adueñara totalmente de sus paredes, dando un respiro al caminante permitiéndole gozar de las acogedoras y frescas sombras.


El rojo y amarillo de las flores de los balcones, patios y rejas añadían un toque de color que contrastaba con el blanco inmaculado dominante en las paredes.


Realizar este mismo recorrido en el mes de julio o agosto podría ser mortal. Si se hallase más cerca del parador, habría ido derecho a echarse la siesta y continuaría después con el turismo. ¡Pero es que no existía ni un taxi circulando por las calles anchas que permitían el tráfico rodado!.


Le faltaban pocos monumentos, sólo quedaba llegar a la iglesia del Padre Jesús, desde allí al Templete de la Virgen y dejarse caer todo recto en dirección oeste hacia la plaza de toros. A unos cuantos metros de ésta, en la plaza España, se encontraba ubicado el parador. En cualquier caso, más tarde, si le venía en gana, podría descansar un rato en los jardines de la Alameda y apreciar, por sí mismo, si realmente la vista desde el balcón del mirador era tan espectacular como había escuchado comentar en el puente.


 


Después de llegar hasta la plaza de toros, no le quedaban fuerzas ni ganas de visitar los jardines, sólo deseaba hallarse en el parador lo antes posible, tomar una gran cerveza fresca, disfrutar de una fría y reconfortante ducha para más tarde dormitar durante un buen rato tumbado en la cama antes de bajar a cenar. Así pues… ¡Dicho y hecho!.

Sonó el despertador a las ocho y media de la noche, suerte que se acordó de ponerlo, sino, hubiese permanecido dormido durante unas cuantas horas más y se habría quedado otra vez sin cenar. Tenía los pies doloridos de todo lo que había caminado y las ingles un poco escocidas por haber sudado tanto durante todo el día. No obstante, se sentía francamente bien: cansado pero relajado.


Durante todo el día no se acordó de los temas del trabajo ni de la oficina. Este simple hecho, por sí solo, era suficiente recompensa. No recordaba cuánto tiempo hacía que no tenía un día de paz, sosiego y tranquilidad interior, lejos de las responsabilidades y del estrés cotidiano.


Tomó la lista de monumentos, sus fotos y las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Cenó en el restaurante del propio parador. Confiaba en encontrar allí a los García pero, desde que partieron por la mañana, no tuvo noticias de ellos.


Al salir del comedor, el muchacho de recepción le hizo una seña y le entregó un sobre conteniendo las fotos que los García habían tomado, junto con un mensaje informando que les había surgido un imprevisto y le hacían llegar las fotos de esta forma porque, posiblemente, no podrían verle para entregárselas en persona.


Antonio tomó el sobre con las fotografías y se encaminó a una mesa del bar al aire libre. Allí las pondría todas juntas y las repasaría saboreando una copa de brandy, en compañía de la suave brisa de la noche.


Al extenderlas encima de la mesa, un par de detalles le chocaron a la vista. Los García tomaron una foto del Puente Nuevo desde el mismo ángulo que él. Sin embargo, el letrero de prohibido circular a los camiones no aparecía. Asimismo, al fondo de la imagen se apreciaba una calle transversal. El color y la forma de los seis vehículos aparcados en dicha calle, no coincidían en las dos fotos. Además, en las fotos en las que aparecía Manolo, en el polo de color blanco, no quedaba ni rastro de la mancha de zumo del desayuno. Aquello era muy raro y, por mucho que alguien lo intentase, no le iba a convencer diciéndole que aquellas fotos se habían hecho el mismo día con una diferencia entre ellas, como máximo, de veinte minutos. ¿Qué se encerraba tras aquello?.


Cualquier explicación racional que pretendiese dar sería infundada. Aparentemente, no encontraba una justificación coherente para lo evidenciado en las imágenes.


Al día siguiente se haría el tonto, actuaría como si no se hubiese percatado de nada y estaría atento. Estaba seguro que si abordaba el tema y les preguntaba a los García directamente, no obtendría ninguna respuesta satisfactoria. ¡Tras esto se escondía algo más!. ¡Seguro!.


 

3.                 La colaboración

Día siguiente a las 9:30, durante el desayuno.

Antonio miró a su alrededor y no observó en ninguna mesa a los García. Tal vez bajasen más tarde a desayunar. En cualquier caso, siempre coincidiría con ellos en el vestíbulo a la hora de partir con el guía turístico.


El botones de recepción se acercó hasta su mesa y le hizo entrega de una nota manuscrita, en ella decía “Sr. Ruiz, el Sr. Alonso Hernández le está esperando en el vestíbulo”.


Tras leer la nota, se giró mirando con extrañeza a la puerta del comedor en dirección al vestíbulo, él no conocía a nadie con ese nombre y menos en Ronda.


Terminó de desayunar y, nota en mano, fue al mostrador. El botones que se la había entregado le indicó quien era el tal Sr. Alonso. Antonio se dirigió directamente hacia él.


Aquel hombre, de unos cuarenta y tantos años, estaba sentado en uno de los butacones leyendo un periódico local, iba vestido informal y, su aspecto en general, no desentonaba con el ambiente ni sobresalía en especial.


     -¿Sr. Alonso?.


     -¡Sí!. Hola, usted debe ser el Sr. Ruiz, ¿supongo? –preguntó aquel individuo incorporándose a la vez que le tendía la mano a modo de saludo.


     -Efectivamente, soy Antonio Ruiz.


     -En ese caso, sentémonos y permítame que le explique el motivo de mi visita.


Antonio tomó asiento y quedó expectante, tenía curiosidad por conocer qué era lo que aquel desconocido quería de él.


     - Mi nombre es Alonso Hernández y soy inspector del Cuerpo Nacional de la Policía de la Jefatura de Málaga y el motivo por el cual me encuentro aquí, está directamente relacionado con los Sres. García, a los cuales usted tuvo la oportunidad de conocer ayer.


Al mismo tiempo que decía esto, le mostró una especie de cartera de bolsillo de piel negra que contenía un carnet con su retrato junto con una imagen dorada de una placa de policía y la leyenda de “Inspector de Policía”.


     -Estoy destinado al grupo especial de secuestros –prosiguió aquel hombre.


Antonio le escuchaba con suma atención.


     -Los Sres. García no vinieron aquí para hacer turismo, sino que están para pagar un rescate por su hija Silvia –el inspector sacó una foto de una niña de unos ocho o nueve años y se la mostró a Antonio-. Ayer por la tarde era cuando se debía realizar el pago del dinero. Los secuestradores abortaron la entrega del rescate porque detectaron la presencia de los efectivos de la policía. El caso es que, ahora, no se fían de los García y han pedido que sea usted quien realice la entrega del dinero.


A Antonio se le desencajó la cara de asombro y perplejidad.


     -No lo entiendo. ¿Qué tengo que ver yo con este asunto?. A los García apenas si los conozco, sólo hablé ayer unos minutos con ellos aquí y nada más. Desconocía todo este asunto del secuestro.


     -Posiblemente, los secuestradores estuvieran vigilando y sepan que usted no tiene nada que ver con este tema y, por ese motivo, lo hayan escogido -especuló el inspector.


     -Yo no deseo meterme en jaleos ni involucrarme en este lío. He venido aquí a descansar y es lo que pienso hacer –argumentaba Antonio tratando de eludir la propuesta.


     -Independientemente de sus deberes cívicos como ciudadano, a los cuales no pienso acudir, hágalo por la niña, ella no tiene culpa de lo que está sucediendo, píenselo despacio antes de decir definitivamente no. Para usted, sólo va a suponer la acción de entregar un dinero, un esfuerzo minúsculo por su parte.


     -Sí, sí, pero... También hay que añadir el poner en peligro mi vida porque supongo que los secuestradores no son rateros de poca monta.


     -¿Qué es eso frente a lo que puede estar padeciendo esa niña y sus padres?. Además, no crea que estará solo, nosotros seremos su “Angel de la Guarda”. No hay peligro para usted, se lo garantizo.


Antonio permaneció durante medio minuto cabizbajo y pensativo. Sus dos yo interiores estaban discutiendo entre sí, uno quería colaborar y, el otro más preservador, deseaba mantenerse al margen de aquel asunto. No había un claro ganador en esta contienda pero al fin...


     -Bueno, cuenten ustedes conmigo. ¿Qué debo hacer?.



     -En primer lugar, me tiene que permitir que nos aseguremos que usted es quien dice ser. Debemos realizar las comprobaciones de rutina. Espero que lo comprenda. ¿Podría dejarme un momento su documento de identidad por favor?.


Antonio sacó el carnet de su cartera y se lo entregó al inspector. Éste, tras darle un rápido vistazo, comenzó a tomar nota de los datos personales.


     -¿Es ésta su dirección actual?.


     -Sí.


     -¿Cuál es su número de teléfono?.


     -6021963 de Barcelona.


     -¿Le importaría que llamase ahora y que alguien que viva con usted nos refrendara la información?.


     -Eso no es posible porque vivo solo.


     -Entiendo.... ¿No hay ningún familiar o amigo que viva cerca de usted con el que pudiésemos contactar directamente?.


     -No, lo siento.


     -Bueno, no importa, haremos las comprobaciones en el ordenador de la comisaría, sólo que si hubiese vivido alguien con usted, hubiera sido mucho más rápido y directo. En fin, tenga su carnet, ya he tomado todos los datos que necesito, gracias.


     -Entonces.... ¿Qué debo hacer? -preguntó con curiosidad Antonio.


     -En principio esperar a que contacten con usted y le den instrucciones.


     -Y.... ¿Qué haré?. ¡Entregar el dinero!.


     -Sí, por supuesto, el dinero... Los secuestradores quieren que se realice el pago en varias entregas, unos cuantos miles de euros en cada una. Hemos preparado unos paquetes precintados y cerrados con cierta cantidad en billetes de cien, doscientos y quinientos euros. Cada uno de ellos no abulta más que un ladrillo pequeño.


Después de cada entrega le proporcionaremos un nuevo paquete.


     -Supongo que no contendrán ninguna trampa o dispositivo que supongan un peligro para mí –comentó Antonio receloso.


     -No, por supuesto que no, los paquetes están limpios. ¡Se lo garantizo!. Tendremos que tomar medidas de precaución para hacer un seguimiento a distancia puesto que estaremos fuera del campo de visión. Le rogaría que me dejase las llaves para poner en su coche un pequeño dispositivo de radio camuflado que informe, en cada momento, sobre su posición. Es una especie de localizador.


     -Aquí están –dijo Antonio haciendo entrega de las llaves.


El inspector hizo una seña y, acto seguido, se aproximó otro hombre que se encontraba pululando por allí. Éste tomó las llaves desapareciendo en un abrir y cerrar de ojos.


     -Mientras colocan el dispositivo, le voy a explicar como va a funcionar la operación. Los secuestradores, posiblemente, se pondrán en contacto con usted durante el día de hoy o mañana y le indicarán el punto de entrega del primer paquete. Por favor, ruego que hasta entonces se quede localizable en el parador. Cuando se hayan comunicado con usted y se encuentre fuera de las miradas de los posibles curiosos, de una forma disimulada, nos llama por este teléfono móvil que le entrego. Ya está preparado, sólo tiene que seleccionar la llamada anterior, llamarnos y decirnos hacia donde se dirige. Cuanto antes nos los diga mejor, pero por favor, intente hacerlo con disimulo, puede que le estén vigilando. ¿Está claro?.


     -¿Y si necesito ayuda o pasa algo raro?.


     -No se preocupe, nosotros estaremos cerca. No obstante, tenga este dispositivo.



Aquel objeto era una cajita alargada de plástico negro, con dos botones rojos cerca de uno de sus extremos y con las dimensiones aproximadas de un mechero.


     -¿Qué es esto? –preguntó Antonio con curiosidad.


     -Es un localizador personal para que sepamos, en todo momento, dónde se encuentra usted.


     -¿No están poniendo uno de estos chismes en mi coche?.


     -Sí, pero..., éste es para el caso que usted se separe del vehículo, bien porque tenga que entrar en algún edificio o, le obliguen a hacer parte del camino andando o, cualquier cosa de este estilo. Si necesita ayuda, pulse los dos botones a la vez y en menos de tres minutos estaremos con usted.


     -¡Tres minutos!. ¡Eso es toda una vida!. ¿No cree?.


     -No se asuste, nosotros estamos de su parte.


Antonio estaba trasteando el emisor entre sus manos, aquello tenía toda la pinta de un dispositivo de los que se usan para abrir las puertas de los aparcamientos o, para encender y apagar a distancia las luces de la vivienda. En ese momento volvió el otro hombre.


     -Listo, la mula está cargada –dijo aquel individuo devolviendo las llaves.


     -Gracias –contestó cortésmente el inspector.


     -¿Y ahora qué? –preguntó Antonio lleno de curiosidad.


     -Ahora ya tiene todo instalado. En el maletero de su vehículo hay un paquete precintado, envuelto en plástico negro conteniendo el dinero de la primera entrega. Sólo queda esperar a que se pongan en contacto con usted. Yo le rogaría que volviese a su habitación, se pusiese a leer cualquier cosa, se relajase y a esperar. Por favor, no olvide decirnos hacia donde se dirige y fíjese en los detalles durante la entrega. Esas pequeñas cosas pueden ser cruciales para una posterior investigación y, sobretodo, haga lo que ellos le indiquen, no olvide que está en juego la vida de una niña inocente.


     -Yo nunca había hecho una cosa así en toda mi vida, espero que me ayuden y estén cerca por si los necesito –expuso Antonio con notable preocupación.


     -No tema, éste es nuestro trabajo de cada día y, para nosotros, no hay nada más importante que la integridad de la niña y la suya. ¡Somos profesionales!. Será mejor que se tranquilice y se retire usted a su habitación a relajarse un poco.


Se pusieron en pie y se dieron la mano despidiéndose. El inspector se tomó la licencia de darle una palmadita en el hombro para infundirle un poco de ánimo.


Antonio subió a la habitación y puso en marcha el televisor. A esa hora de la mañana no había nada interesante en los canales.


Intentó comenzar una novela que se trajo desde Barcelona. Se titulaba “Duendes” pero resulta que en lugar de tratar sobre estos seres imaginarios, la novela hablaba de un esquizofrénico al que se le iba la chaveta. Pensó que aquella no era la lectura más apropiada para su estado de ánimo en ese momento y decidió dejar la novela apartada encima de la mesita de noche.


Abrió el balcón y se tumbó en la cama, observando desde allí el paisaje panorámico, intentando, de esta forma, rodearse de un clima de paz y sosiego.



Pasó el resto de la mañana encerrado, comió y se volvió a repetir el mismo plan. ¡Nadie se ponía en contacto con él!. A media tarde, harto de la situación de espera, llamó al inspector por el teléfono de contacto que le había proporcionado. Tras hablar con él, sólo obtuvo una consigna, paciencia.


Por la noche cuando bajo para cenar, se produjo una falsa alarma, alguien le había dejado algo en recepción. Cuando le hicieron entrega del objeto apreció, con alivio, que se trataba de una gorra con el mapa de la Serranía de Ronda dibujado en el frontal. Era un obsequio de la agencia de viajes y venía acompañada por una nota que decía: “Esperamos que se mejore”. Presuntamente, alguien le había excusado de la visita turística a la ciudad aludiendo alguna enfermedad, posiblemente haya sido el inspector.


Cenó y volvió a la habitación. ¡Qué forma más estúpida de perder el día y su dinero!.

 

4.                 El rescate

 Al día siguiente, tras el desayuno.

 

Casi se estaba durmiendo, tumbado holgazaneando en la cama, cuando de repente, sonó el teléfono retumbando y rompiendo bruscamente el silencio de la habitación.


     -¿Dígame?.


     -Buenos días Sr. Ruiz, acaban de dejar un recado urgente para usted en recepción. ¿Quiere que se lo subamos?.


     -No, no hace falta, enseguida bajo. Gracias.


     -¡Bueno, comienza el baile! –pensó Antonio.


El ritmo del corazón se le aceleró por momentos. Cuando llegase a casa y lo contase a los familiares, ¡nadie le iba a creer!.


Bajó hasta el mostrador de recepción, allí le hicieron entrega de un sobre. Lo abrió y se dirigió al lavabo, puso en marcha el teléfono móvil que le había proporcionado el policía e hizo la llamada.


     -Hola, soy yo. La nota dice “Anfiteatro Romano 12:00”. ¿Dónde está eso?.


     -Muy bien…, el anfiteatro romano…, salga de Ronda por la carretera N339 dirección Sevilla, tome la salida por Sanguijuela y continúe por la comarcal hasta llegar a Ronda la Vieja, allí están las ruinas romanas de Acinipo y el anfiteatro, más o menos, a unos 18 kilómetros de Ronda. Le seguiremos a una distancia prudencial.


Antonio tomó su vehículo, el mapa de carreteras y se puso en marcha hacia su destino.


El tramo de carretera nacional finalizó enseguida, el resto del trayecto consistió en una estrecha carretera comarcal, cuyo único destino era el enclave arqueológico. Cuando llegó a las ruinas se encontró con un amplio aparcamiento lleno de vehículos. No se esperaba que hubiese tanta gente allí. Tomó el dinero y se dirigió hacia el anfiteatro romano cuyo elevado escenario de piedra gris era visible desde varios kilómetros a la redonda. Junto al aparcamiento, al pie de la colina, pudo observar los muros perfectamente circulares de unas cabañas de piso empedrado. Aquellos restos tenían pinta de ser anteriores a los romanos, tal vez iberos o celtas.


Al acercarse al anfiteatro fue abordado por un joven que vestía una túnica romana. Éste le entregó un folleto y una moneda metálica, imitación de alguna reliquia antigua. La moneda en una de las caras tenía grabado, en sobrerelieve, el nombre de Acinipo entre dos espigas de trigo tumbadas y, en la otra, un racimo de uvas acompañado por dos estrellas.


En el folleto se explicaba que ese día se iba a realizar una representación escénica a cargo de los jóvenes de la Escuela de Arte Dramático de Ronda y, la entrada a las gradas del anfiteatro costaba cinco euros. Justo delante de él había una improvisada taquilla custodiada por dos guapas y simpáticas jóvenes. Tras pagar religiosamente, llegó hasta las gradas que eran de la original y dura piedra gris. Por el tipo de público que se encontraba allí congregado, aquello más bien, parecía una acampada campestre y no una representación teatral; con toda seguridad, él era el único que no era familiar o amigo de alguno de los actores.


¡Daba comienzo la función!. Uno de los profesores salió al escenario a agradecer la presencia al público y, tras la breve introducción, comenzaron a sonar unas flautas. Unos jóvenes saltaron al escenario haciendo cabriolas y moviéndose interpretando una especie de danza. En las muñecas llevaban atadas unas largas gasas de colores las cuales, con el movimiento de los brazos, creaban un conjunto de gran colorido que contrarrestaba con el gris pálido del muro de piedra que constituía el escenario.


En ese momento, alguien se le acercó por su lado izquierdo, le tendió la mano con un sobre y dejó la otra mano extendida, en espera de recibir algo. Antonio alzó la vista para mirar la cara de aquel individuo que permanecía de pie e inmóvil. No le fue posible ver las facciones del rostro porque quedaba oculto tras un casco integral de moto. Además, tenía el sol enfrente y le cegaba. Tomó el sobre e hizo entrega del paquete con el dinero. El contacto desapareció rápidamente sin darle tiempo a fijarse más en él.


Antonio abrió el sobre sin prisas, a la vez que se levantaba para dirigirse al aparcamiento. Tomó el teléfono y realizó la llamada. Al otro lado, le contestaba impaciente la voz del inspector Hernández:



     -¿Qué tal ha ido todo?.


     -Bien, he realizado la entrega, el próximo destino es “El Pez”, en la Cueva de la Pileta a las 14:00.


     -¿Ha podido usted ver algo que nos ayude?.


     -No, era imposible, llevaba puesto un casco de motorista.


     -No se preocupe, usted permanezca tranquilo. Veamos..., la Cueva de la Pileta está después de pasar Benoaján. Nos veremos en el desvío de la salida de este pueblo, en la carretera comarcal, más o menos a la una y media para entregarle el próximo paquete de dinero. Si no sabe llegar hasta allí, se lo explico: tiene que retroceder hasta casi llegar a Ronda y girar hacia el suroeste por la carretera que lleva a Montejaque, luego los letreros le indicarán el camino.


     -No habrá problema inspector, dispongo de un mapa detallado de carreteras. ¡Estoy seguro que sabré llegar!.


     -¡Hasta entonces!.


Acto seguido, el inspector colgó. Apenas si le preguntaron detalles sobre la persona que recogió el dinero, ni sobre lo que había acontecido, cómo, cuándo, de qué forma y, aquello que le dijeron sobre lo de estar continuamente protegido bajo la vigilancia y el amparo de la policía, comenzaba a no verlo tan claro.


Se puso de nuevo al volante y tomó rumbo a Benoaján deshaciendo parte del camino realizado.


No tuvo problemas para llegar al cruce indicado, es más, llegó con unos treinta minutos de antelación. Dejó el coche apartado para que no molestase al tráfico en el cruce y, como no tenía otra cosa que hacer, se puso a leer la guía turística y, al menos, adquirir alguna noción sobre los lugares que estaba recorriendo y que tan fugazmente estaba visitando.


Observando el mapa de la comarca de la serranía, se podía localizar a la ciudad de Ronda en el centro de la misma. Su núcleo urbano, comunicado con el exterior por múltiples carreteras, se asemejaba a la imagen de una neurona de la cual, nacen las ramificaciones nerviosas que, a modo de largos tentáculos, la conectan con las demás en un afán por no quedar aislada, al igual, las carreteras comunicaban a Ronda en todas direcciones con el resto de poblaciones importantes.


Comenzó leyendo algo sobre su próximo destino: “La Cueva de la Pileta”. Según informaba la guía, en esta gruta existían unas pinturas rupestres del tiempo del Paleolítico Superior. Básicamente, consistían en cabras montesas, caballos, búfalos, bisontes y hasta peces. ¡Ahora conocía el porque del “Pez” en el mensaje escrito!.


A continuación, siguió con la lectura sobre la historia de Acinipo, su evolución como ciudad ibera y romana después.


De los alrededores de Benoaján, la guía resaltaba el sistema de cuevas formado por El Gato y El Hundidero. Hacía referencia a la belleza extraordinaria del conjunto, sus cuatro kilómetros entre la entrada por una de ellas y la salida por la otra. Además, hablaba de sus diez posibles recorridos, así como las diferentes cavidades y naves a las que se les había bautizado con nombres tan sugerentes como: “La sala de los Gours”, “La Galería de la Ciénaga”, “La Plaza de Toros”, “El cabo de las Tormentas”, “La Galería del Aburrimiento”, “La Sala de las Dunas”.


Aquel sistema de cuevas parecía algo digno de visitar, aunque sólo fuera por conocer los motivos que llevaron a que se les atribuyeran estos nombres tan curiosos a sus grutas y formaciones rocosas.


La guía incluía un apartado que, a título de curiosidad histórica, explicaba el enorme fiasco que tuvo la Compañía Eléctrica de Sevilla, allá por los años veinte, cuando intentó construir una presa en la entrada de la garganta de la cueva del Hundidero. Esta empresa no tuvo en cuenta que esta zona es de tipo kárstica y sus rocas calcáreas permitían que el agua se fugase por sumideros que se generaron y, aún cuando llegaron a tapar varias fugas, el proyecto fue abandonado puesto que era inviable retener el agua sin que ésta se filtrara por algún punto interior de la gruta. Otro dato curioso era que, en estas cuevas, existía la mayor colonia de murciélagos de España. ¡Esto sí que lo tendría que ver algún día!.


La lectura le ayudo a quemar el tiempo de espera. En aquellas horas del día había muy poca circulación de vehículos. El sol comenzaba a apretar y, por suerte, él disponía de aire acondicionado, en caso contrario la espera hubiera sido insoportable.


En su reloj era la una y media pasadas. En cualquier momento debería aparecer el inspector con el paquete de la nueva entrega.



Mientras esperaba, comenzó a recapacitar acerca del aspecto de la persona que recogió el dinero. El hecho de llevar casco de motorista para no ser reconocido, no debía ser algo circunstancial, casi con toda seguridad, su vehículo para desplazarse debía ser una moto de montaña.


Lo accidentado, pedregoso y agreste del terreno en toda la serranía daba pie a ello. Si el contacto viajaba en moto, en caso de emergencia, en su huida, siempre podría abandonar las vías principales de circulación y adentrarse en la sierra emulando a las partidas de bandoleros como “el Tempranillo”, “el Vivillo” y ”Bizco de Borge”, que operaron por estos montes en tiempo de la guerra de guerrillas contra los franceses y, más tarde, como delincuentes comunes. Era fácil imaginar cuantos escondrijos, gargantas y cuevas podía proporcionar la serranía a los fugitivos para ocultarlos de la Justicia y darles cobijo. Lo realmente duro sería sobrevivir en aquellos montes, en condiciones tan áridas e inhóspitas, rodeados de parajes rocosos, con formas caprichosas, calvos de vegetación, con temperaturas extremas entre el tórrido y abrasador mediodía frente a la helada noche.


Se encontraba inmerso en estos pensamientos cuando un vehículo oscuro paró al lado suyo. En él iba el inspector. Éste bajó deprisa, abrió la puerta del conductor y le dio el paquete del dinero a Antonio propinándole otra palmada en el hombro y añadiendo: “Lo está haciendo muy bien”. Sin mediar más palabra, montó de nuevo en su coche y continuó hacia delante, en dirección a la cueva.


     -¡Vamos allá!. A por la siguiente entrega –se dijo Antonio infundiéndose ánimos.


Enseguida llegó a la entrada de la cueva, ya eran las dos. No se podía acceder al interior hasta las cuatro ya que, a la una y media, había terminado el horario de visita y, en esos momentos, estaba saliendo de la cueva el último grupo de turistas. Aquello, posiblemente, fue un error de cálculo de los secuestradores, no prever que a esa hora las visitas a la gruta se paralizaban.


Así pues, el contacto debía de estar entre la gente que deambulaba por allí y también la policía, al menos, eso esperaba Antonio. Pero..., ¿quién era quién?. El coche del inspector no se veía por ningún sitio. Estas pequeñas cosas eran las que le hacían sospechar que aquella era una operación chapucera.


Por su lado pasó el grupo de visitantes que salía de la cueva. Una mujer bastante entrada en carnes, con unas gafas de sol al estilo de los sesenta y una gran pamela, en un ágil, rápido y sorprendente movimiento, le quitó de las manos el paquete a Antonio y lo metió en un bolso playero muy hortera que llevaba colgado al hombro, a la vez, tiraba el sobre al suelo. Antonio se agachó para tomar el sobre y cuando levantó la vista, aquella mujer había desaparecido: la enorme pamela no se veía por ninguna parte.


     -Bueno..., esta mujer, al menos, ha sido más profesional y disimulada que el contacto anterior –pensó Antonio.

 

5.                 Algo falla

 

Abrió el sobre y leyó el siguiente destino: “La fábrica de corcho en El Colmenar a las 17:00”.


Antonio tomó el mapa y buscó su nuevo punto de destino. Lo localizó justo al lado de un gran pueblo llamado Guacín, éste tenía dibujado un castillo en el mapa.


Para llegar hasta aquel pueblo, debía incorporarse a la carretera N341, dirección Cádiz y recorrer, en total, unos treinta kilómetros. Disponía de tres horas para hacer este trayecto. Al menos, habían tenido la decencia de darle tiempo para ingerir algo. Hablando de comer, confiaba en encontrar un sitio en el restaurante de la cueva antes que llegasen más autocares con turistas. Entró en el local y tuvo suerte, todavía quedaba alguna mesa individual libre.


¡Huy!. ¡Qué descuido!. Debía llamar al inspector para que le proporcionaran el dinero de la próxima entrega. Tomó el teléfono y así lo hizo.


     -Hola de nuevo. Todo ha ido bien. El próximo destino es “La fábrica de corcho en El Colmenar” a las cinco de la tarde. Estoy en el restaurante de la Cueva de la Pileta comiendo, por favor, háganme llegar el paquete.


     -Enseguida se lo llevaremos. ¿Usted cómo se encuentra?. ¿Bien?.


     -Sí, dentro de lo que cabe. Por cierto… Ustedes... ¿Dónde están?.


     -Ya sabe, lo suficientemente cerca como para actuar y, lo suficientemente lejos como para no ser descubiertos y ponerle a usted en peligro. ¡Nos vemos!.


A Antonio le asaltaba la sensación de abandono y desamparo. O lo estaban haciendo con tal diligencia que él era incapaz de apreciar ni el más mínimo resquicio de anormalidad o, aquello era un camelo y no estaban haciendo nada, con la indefensión que le podía acarrear en caso de peligro.



Era hora de comer así que mejor apartaba estos pensamientos de su mente y se dedicaba a satisfacer sus necesidades primarias. La carta estaba llena de platos tradicionales malagueños como: la cazuela de berenjenas, pollo a la pepitoria, cordero a la miel. Después de tanto ajetreo tenía un hambre canina, así que no se iba a andar con remilgos. De primero, un potaje, de segundo, cordero asado, todo ello acompañado de un buen tinto de la zona y, de postre, una exquisita tarta caliente de manzana. Después de meterse esto entre pecho y espalda, seguro que vería la vida de otro color.


Su mesa daba a un ventanal desde el cual se controlaba todo el movimiento exterior de vehículos. Desde esta ubicación podría ver al inspector cuando llegase. En ese preciso instante, llegó al aparcamiento un motorista, con un casco y un mono muy similares a los que llevaba puestos el contacto del anfiteatro romano, más bien, se diría que eran los mismos.


El conductor de la moto desmontó y, de la cajuela trasera, extrajo un paquete negro idéntico a los que se le entregaba a él. Siguió con la mirada al motorista que, casco en mano y para su sorpresa, se dirigía a la entrada del restaurante. Se giró expectante mirando hacia la entrada del comedor y no entró nadie. Acto seguido, el motorista salía del establecimiento sin nada en las manos, montaba en la moto y se alejaba del local. ¡Qué cosa más extraña!. Al instante, se le acercó un camarero adolescente que le hizo entrega del paquete.


Antonio se quedó más de piedra que las ruinas que contempló en Acinipo. Dudaba mucho que aquello se tratase de una operación bien organizada.


Durante toda la comida no dejó de dar vueltas al asunto y de pensar, intentando atar cabos. Él no podía juzgar, con conocimiento de causa, lo que estaba ocurriendo pero su sexto sentido no hacía más que advertirle: ¡Cuidado!. ¡Alerta!. ¡No te fíes!.


Con el estómago lleno se disiparon por el momento las dudas. No debía perder más el tiempo, tenía que emprender la marcha, no fuese que surgiese cualquier contratiempo y no llegase a la cita.


De vuelta a la carretera iba realizando su recorrido sin grandes prisas, tenía tiempo de sobra, era momento de sentir el suave viento levantando el vello del brazo apoyado en la ventanilla y dejar que la brisa acariciase los cabellos. Conforme se iba acercando a su destino, poco a poco, la presencia de árboles y arbustos en las lomas de los montes crecía. Era una carretera buena pero sinuosa, apenas si existían tramos rectos.


Estaba circulando en plena sierra y, desde la ventanilla del vehículo, se apreciaban los pequeños y blancos pueblos que se asentaban en los valles, en las vaguadas y, a veces, las agrupaciones de viviendas iban robando terreno a las pendientes de los montes dotando a los pueblos de calles y cuestas empinadas. Atajate, Benadalid, Benalauria, Algatocín, Benarrabá, todos ellos pueblos de la serranía, cuyos nombres denotan su claro origen musulmán y dejaban patente los siglos de presencia árabe en la zona. En esa época nacía la historia de todos y cada uno de ellos. Lugares éstos, merecedores de una visita y por los que no se debía pasar de largo a cincuenta kilómetros por hora, como él estaba haciendo en ese instante.


Estando cerca de Guacín, una moto se aproximó por detrás hasta su vehículo. El conductor comenzó a hacer señales con la mano para que parase. Antonio paró en una zona ancha de la cuneta y el motorista lo hizo delante de él, desmontando de la moto y sin quitarse el casco ni mediar palabra, sacó un sobre y se lo entregó. Antonio empezó a abrir el sobre pero el motorista le pidió con señas el paquete. Se lo dio por la ventanilla, pero..., ¿qué estaba pasando allí?. ¿Qué farsa era aquella?.


Leyó la nota del sobre y decía “El Castillo de Yunquera a las 19:00”. Mientras tanto, el motorista prosiguió su marcha.


Antonio tomó el teléfono y con evidente enfado llamó al inspector.


     -¿Qué?. ¿Cómo ha ido todo?.


     -¡Dígamelo usted! –contestó Antonio enojado-. ¡Yo no pienso continuar interpretando el papel de pantomimo en este montaje!.


     -¡Válgame Dios!. ¿Qué ha sido lo que ha ocurrido? –preguntó el inspector con notable sorpresa.


     -¡Usted lo sabe mejor que yo!. ¿Cuánto tiempo pensaban que tardaría en darme cuenta?. ¡Yo abandono!.  ¡Dejen de hacerme perder el tiempo!.


Dicho esto, Antonio desconectó el teléfono, realizó un cambio de sentido y volvió al parador.


Al principio conducía enojado, vislumbrando la burla de la que estaba siendo objeto. En este estado de ánimo era incapaz de razonar con claridad. Poco a poco, el enfado y la indignación fueron disipándose y, con la lucidez que le proporcionaba la serenidad, intentó hallar una explicación coherente y, a su modo, la encontró.


En estos momentos estaba seguro de que se trataba de una tomadura de pelo, de un montaje. Con toda seguridad, formaba parte de la sorpresa del regalo. Cuando llegase al parador, probablemente, encontraría a algún presentador de televisión conocido, que le entregaría un ramo de flores o algo parecido, diciéndole la famosa frase de “Inocente, inocente”. ¡En esta ocasión sus familiares le habían gastado una broma bien pesada!.


Cuando llegó al parador, estaba el inspector esperándole en el vestíbulo.


     -¿Qué ha sido lo que ha pasado? –preguntó el policía con preocupación.



     -Pues… ¡Qué no soy tonto!. ¿O es que piensa que no me iba a dar cuenta?. El motorista que me pidió el paquete en la carretera y el que lo entregó en el restaurante de la cueva, era el mismo individuo con la misma ropa y la misma moto, matrícula incluida. ¿Se piensan que soy imbécil o qué?.


Antonio, aunque enfadado, trataba de reprimirse y ser comedido para no dar una imagen muy brusca y bruta de sí mismo ante las cámaras de televisión, al mismo tiempo, intentaba localizar donde estaban ocultas.


     -Bueno no se enoje. Le rogaría que me devolviese el teléfono y el localizador.


     -Aquí tiene, yo no los quiero para nada. ¿Y el cacharro del coche?.


     -No se preocupe por ése, hace tiempo que no lo lleva.


El inspector se marchó rápidamente sin mediar palabra.


Antonio permaneció durante unos segundos contrariado, esperando que apareciese alguien con un micrófono o un ramo de flores. Miró a su alrededor y nada de nada. ¿Qué era lo que había ocurrido allí?. Estaba perplejo, no entendía la situación.

Al día siguiente, Antonio se levantó con el firme propósito de hacer turismo rural por la serranía. Todo cuando había visto fugazmente el día anterior, más aquello que pudo leer durante la noche, puesto que le costó horrores conciliar el sueño, le convencieron que existía muchas cosas que visitar en aquellos parajes y pueblos de la serranía.


Tenía ganas de sentir la Naturaleza, de ver y tocar un pinsapo, de admirar las simas Gems, Honda, Erótica, de escuchar el silencio sepulcral de los montes pelados y el murmullo bullicioso de los arroyos en mitad de los bosques. Para ello, era necesario visitar los tres Parques Naturales: Los Alcornocales, la Sierra de las Nieves, la Sierra de la Grazalema y recorrer sus rutas de senderos. No podía volver a casa sin haber vivido estas sensaciones.


Durante el resto de la semana estuvo cumpliendo su propósito, yendo cada día de aquí para allá, maravillándose por cada cosa nueva que contemplaba. Tras haber tenido estas experiencias tan gratificantes, ahora sí que podía decir que había valido la pena su estancia allí.

Muy a su pesar, todo llega a su fin. El último día hizo sus maletas temprano, tomó el coche y se dispuso a realizar el trayecto de vuelta a Barcelona. Kilómetro tras kilómetro, cada vez más cerca de su destino y de la vuelta al trabajo con su frenético y agobiante ritmo. Tenía las pilas recargadas, aguantaría hasta el próximo periodo de vacaciones. Mientras tanto, para no perder la ilusión, comenzaría a buscar y seleccionar su siguiente destino natural.


Llegó a Barcelona y acarreó los bultos hasta su apartamento. Cuando abrió la puerta y encendió la luz, se llevó la mayor sorpresa de toda su vida.


¡La vivienda estaba completamente vacía!. No había muebles, ni objetos, es decir, nada, sólo las paredes. Se apoyó en el marco de la puerta maldiciendo al hijo de la mala madre que le había hecho aquello, dio un repaso rápido a la vivienda para asegurarse que no se trataba de un espejismo. ¡No lo era!.


Con desánimo y pesadumbre se marchó a casa de sus padres. Al menos, todavía le quedaba algo bueno, podía contar las cosas maravillosas que había contemplado durante el viaje a Ronda.

 

 

 

 

6.                 Epílogo

 

 

 


Al día siguiente, en la Comisaría de Policía.

 


Antonio se personó en las dependencias policiales para tramitar la correspondiente denuncia de robo en su vivienda. Este trámite era necesario para cobrar el seguro.


     -Hola. Buenos días. Venía a poner una denuncia por un robo.


     -¿De qué se trata en concreto? –le preguntó el policía del mostrador.


     -Ayer volví de vacaciones y me encontré con que mi vivienda estaba completamente vacía, no había nada.


     -Ya veo.... ¿Forzaron la puerta o alguna ventana?.


     -No, todo estaba bien.


     -Ya... ¿Alguien tiene copia de las llaves de su casa?.


     -No, aparte de mi familia, no.



     -Dice que ha estado de vacaciones, ¿no habrá dejado las llaves olvidadas en la habitación o descuidadas en algún sitio?.


     -No, sólo se las dejé a la Policía de Málaga para que pusieran un cacharro en mi coche –contestó Antonio con naturalidad.


El policía levantó una ceja en señal que algo no le acababa de sonar muy bien.


     -¿Dice que le ha dejado las llaves de su casa a la Policía, allí donde usted estaba de vacaciones?.


     -Sí, así es –reafirmó Antonio.


     -Buenooooo, ya tenemos otro “buen samaritano”.


     -¡Buen samaritano!. ¿Qué significa eso?.


     -Ahora mismo el inspector Ortiz se lo cuenta. ¡Ortiz! –llamó el policía girándose.


     -¿Sí? –contestó alguien a sus espaldas.


     -Aquí te envío un “buen samaritano”. Por favor, pase y siéntese en aquella mesa, él le atenderá y tramitará su denuncia.


     -Hola. Buenos días.


     -Buenos días, siéntese. Así que un “buen samaritano”. Bien... ¿Dónde ha estado?.


     -En Ronda y sus alrededores.


     -Esta vez ha sido Ronda, han vuelto a cambiar –comentó el policía.


     -Perdone, no quisiera ser descortés pero... ¿Podría explicarme de qué va esto del “buen samaritano”? –preguntó Antonio lleno de curiosidad.


     -Sí, claro que sí. Lo que a usted le ha pasado es un delito muy común y lo denominamos el timo al “buen samaritano”. El engaño consiste en hacer creer a la víctima que está haciendo una buena obra y colaborando con la Policía. Los delincuentes buscan personas que vivan solas, con buen nivel adquisitivo y que estén de vacaciones. De una forma u otra, se las arreglan para obtener las llaves de su vivienda y sacar una copia. Luego mantienen entretenida a la víctima durante dos o tres días, el tiempo necesario para que un camión de mudanzas desvalije y limpie por completo la vivienda del incauto.


     -Todo encaja con mi caso. Lo mío fue colaborar en la entrega del rescate de un secuestro.


     -No es el único. En lo que va de año se han tramitado aproximadamente unas diez denuncias aquí en Barcelona. ¡A saber las que hay en otras ciudades!. Hasta ahora, estos delincuentes sólo habían operado en las poblaciones costeras de Málaga como Torremolinos, Marbella y Estepona. Parece que se van moviendo hacia el interior –dedujo el policía.


     -Bueno, al fin y al cabo, sólo se trataba de cosas materiales –dijo Antonio con resignación-. A mí me había quedado un poco de remordimiento cada vez que me ponía a pensar en cual habría sido el destino de la niña secuestrada. Ese peso, al menos, me lo he quitado de encima. Pero… ¿Para qué quieren los muebles y los enseres?. Son trastos y cosas viejas, alguna de ellas no se podrán ni vender.


     -Eso no les importa, igualmente le sacan partido. Lo que esté nuevo, lo venden. Lo viejo, lo ponen en pisos y apartamentos de alquiler que luego ofrecen como amueblados.


     -Desde luego, si se han tomado tantas molestias será porque les sale rentable la operación.


     -De eso no le quepa duda. Los delincuentes sacan pingües beneficios.


Antonio, cuando salió de la comisaría, iba pensando acerca de esta nueva versión de los acontecimientos. Antes de entrar a hacer la denuncia, tenía motivos para recordar el viaje que hizo a la Serranía de Ronda por la naturaleza y la belleza de los parajes que contempló allí. Después de lo que le acababan de explicar, tras haber sido una ingenua víctima de los avispados delincuentes, jamás en su vida olvidaría las experiencias vividas y las lecciones aprendidas durante su viaje a Ronda.


F I N

 

 

Del relato

El relato

El presente relato es una historia de intriga localizada en la Serranía de Ronda y sus alrededores. A lo largo del mismo se mencionan unas breves reseñas de los monumentos de la ciudad de Ronda y del entorno natural de la Serranía, ubicados estos en la provincia de Málaga en España.

 

Sipnosis

Antonio Ruiz toma un pequeño periodo de descanso para hacer turismo. Sin pretenderlo y de una forma totalmente circunstancial se ve envuelto en una trama policial. Algunos indicios externos, pequeñas cosas sin verdadera relevancia, le hacen sospechar que no todo es lo que parece ser.

 

Referencias

Todos los lugares, elementos y emplazamientos descritos en el presente relato son reales y forman parte del paisaje turístico de la región. Para ver imágenes u obtener más información acceder a:    www.serraniaderonda.com      o bien     www.ronda.net    .

 

Premio

El presente relato ha quedado finalista del concurso literario patrocinado por el Centro de Iniciativas Turísticas de la Serranía de Ronda: “Viaje Imaginario a la Serranía de Ronda” y que fue fallado el 30 de Junio de 2001.

 

Relatos de autor

 

  • Hora de dormir         - Intriga
  • El don                        - Misterio
  • Kuemetek                  - Aventuras
  • Duendes                    - Psicológica
  • Viaje a Ronda           - Turismo
  • Recuerdos difusos   - Policial
  • Asunto cerrado         - Policial


@ Rafael López Rivera


Mayo 2001