3.                 La colaboración

Día siguiente a las 9:30, durante el desayuno.

Antonio miró a su alrededor y no observó en ninguna mesa a los García. Tal vez bajasen más tarde a desayunar. En cualquier caso, siempre coincidiría con ellos en el vestíbulo a la hora de partir con el guía turístico.


El botones de recepción se acercó hasta su mesa y le hizo entrega de una nota manuscrita, en ella decía “Sr. Ruiz, el Sr. Alonso Hernández le está esperando en el vestíbulo”.


Tras leer la nota, se giró mirando con extrañeza a la puerta del comedor en dirección al vestíbulo, él no conocía a nadie con ese nombre y menos en Ronda.


Terminó de desayunar y, nota en mano, fue al mostrador. El botones que se la había entregado le indicó quien era el tal Sr. Alonso. Antonio se dirigió directamente hacia él.


Aquel hombre, de unos cuarenta y tantos años, estaba sentado en uno de los butacones leyendo un periódico local, iba vestido informal y, su aspecto en general, no desentonaba con el ambiente ni sobresalía en especial.


     -¿Sr. Alonso?.


     -¡Sí!. Hola, usted debe ser el Sr. Ruiz, ¿supongo? –preguntó aquel individuo incorporándose a la vez que le tendía la mano a modo de saludo.


     -Efectivamente, soy Antonio Ruiz.


     -En ese caso, sentémonos y permítame que le explique el motivo de mi visita.


Antonio tomó asiento y quedó expectante, tenía curiosidad por conocer qué era lo que aquel desconocido quería de él.


     - Mi nombre es Alonso Hernández y soy inspector del Cuerpo Nacional de la Policía de la Jefatura de Málaga y el motivo por el cual me encuentro aquí, está directamente relacionado con los Sres. García, a los cuales usted tuvo la oportunidad de conocer ayer.


Al mismo tiempo que decía esto, le mostró una especie de cartera de bolsillo de piel negra que contenía un carnet con su retrato junto con una imagen dorada de una placa de policía y la leyenda de “Inspector de Policía”.


     -Estoy destinado al grupo especial de secuestros –prosiguió aquel hombre.


Antonio le escuchaba con suma atención.


     -Los Sres. García no vinieron aquí para hacer turismo, sino que están para pagar un rescate por su hija Silvia –el inspector sacó una foto de una niña de unos ocho o nueve años y se la mostró a Antonio-. Ayer por la tarde era cuando se debía realizar el pago del dinero. Los secuestradores abortaron la entrega del rescate porque detectaron la presencia de los efectivos de la policía. El caso es que, ahora, no se fían de los García y han pedido que sea usted quien realice la entrega del dinero.


A Antonio se le desencajó la cara de asombro y perplejidad.


     -No lo entiendo. ¿Qué tengo que ver yo con este asunto?. A los García apenas si los conozco, sólo hablé ayer unos minutos con ellos aquí y nada más. Desconocía todo este asunto del secuestro.


     -Posiblemente, los secuestradores estuvieran vigilando y sepan que usted no tiene nada que ver con este tema y, por ese motivo, lo hayan escogido -especuló el inspector.


     -Yo no deseo meterme en jaleos ni involucrarme en este lío. He venido aquí a descansar y es lo que pienso hacer –argumentaba Antonio tratando de eludir la propuesta.


     -Independientemente de sus deberes cívicos como ciudadano, a los cuales no pienso acudir, hágalo por la niña, ella no tiene culpa de lo que está sucediendo, píenselo despacio antes de decir definitivamente no. Para usted, sólo va a suponer la acción de entregar un dinero, un esfuerzo minúsculo por su parte.


     -Sí, sí, pero... También hay que añadir el poner en peligro mi vida porque supongo que los secuestradores no son rateros de poca monta.


     -¿Qué es eso frente a lo que puede estar padeciendo esa niña y sus padres?. Además, no crea que estará solo, nosotros seremos su “Angel de la Guarda”. No hay peligro para usted, se lo garantizo.


Antonio permaneció durante medio minuto cabizbajo y pensativo. Sus dos yo interiores estaban discutiendo entre sí, uno quería colaborar y, el otro más preservador, deseaba mantenerse al margen de aquel asunto. No había un claro ganador en esta contienda pero al fin...


     -Bueno, cuenten ustedes conmigo. ¿Qué debo hacer?.