Pasó el resto de la mañana encerrado, comió y se volvió a repetir el mismo plan. ¡Nadie se ponía en contacto con él!. A media tarde, harto de la situación de espera, llamó al inspector por el teléfono de contacto que le había proporcionado. Tras hablar con él, sólo obtuvo una consigna, paciencia.
Por la noche cuando bajo para cenar, se produjo una falsa alarma, alguien le había dejado algo en recepción. Cuando le hicieron entrega del objeto apreció, con alivio, que se trataba de una gorra con el mapa de la Serranía de Ronda dibujado en el frontal. Era un obsequio de la agencia de viajes y venía acompañada por una nota que decía: “Esperamos que se mejore”. Presuntamente, alguien le había excusado de la visita turística a la ciudad aludiendo alguna enfermedad, posiblemente haya sido el inspector.
Cenó y volvió a la habitación. ¡Qué forma más estúpida de perder el día y su dinero!.
4. El rescate
Al día siguiente, tras el desayuno.
Casi se estaba durmiendo, tumbado holgazaneando en la cama, cuando de repente, sonó el teléfono retumbando y rompiendo bruscamente el silencio de la habitación.
-¿Dígame?.
-Buenos días Sr. Ruiz, acaban de dejar un recado urgente para usted en recepción. ¿Quiere que se lo subamos?.
-No, no hace falta, enseguida bajo. Gracias.
-¡Bueno, comienza el baile! –pensó Antonio.
El ritmo del corazón se le aceleró por momentos. Cuando llegase a casa y lo contase a los familiares, ¡nadie le iba a creer!.
Bajó hasta el mostrador de recepción, allí le hicieron entrega de un sobre. Lo abrió y se dirigió al lavabo, puso en marcha el teléfono móvil que le había proporcionado el policía e hizo la llamada.
-Hola, soy yo. La nota dice “Anfiteatro Romano 12:00”. ¿Dónde está eso?.
-Muy bien…, el anfiteatro romano…, salga de Ronda por la carretera N339 dirección Sevilla, tome la salida por Sanguijuela y continúe por la comarcal hasta llegar a Ronda la Vieja, allí están las ruinas romanas de Acinipo y el anfiteatro, más o menos, a unos 18 kilómetros de Ronda. Le seguiremos a una distancia prudencial.
Antonio tomó su vehículo, el mapa de carreteras y se puso en marcha hacia su destino.
El tramo de carretera nacional finalizó enseguida, el resto del trayecto consistió en una estrecha carretera comarcal, cuyo único destino era el enclave arqueológico. Cuando llegó a las ruinas se encontró con un amplio aparcamiento lleno de vehículos. No se esperaba que hubiese tanta gente allí. Tomó el dinero y se dirigió hacia el anfiteatro romano cuyo elevado escenario de piedra gris era visible desde varios kilómetros a la redonda. Junto al aparcamiento, al pie de la colina, pudo observar los muros perfectamente circulares de unas cabañas de piso empedrado. Aquellos restos tenían pinta de ser anteriores a los romanos, tal vez iberos o celtas.
Al acercarse al anfiteatro fue abordado por un joven que vestía una túnica romana. Éste le entregó un folleto y una moneda metálica, imitación de alguna reliquia antigua. La moneda en una de las caras tenía grabado, en sobrerelieve, el nombre de Acinipo entre dos espigas de trigo tumbadas y, en la otra, un racimo de uvas acompañado por dos estrellas.
En el folleto se explicaba que ese día se iba a realizar una representación escénica a cargo de los jóvenes de la Escuela de Arte Dramático de Ronda y, la entrada a las gradas del anfiteatro costaba cinco euros. Justo delante de él había una improvisada taquilla custodiada por dos guapas y simpáticas jóvenes. Tras pagar religiosamente, llegó hasta las gradas que eran de la original y dura piedra gris. Por el tipo de público que se encontraba allí congregado, aquello más bien, parecía una acampada campestre y no una representación teatral; con toda seguridad, él era el único que no era familiar o amigo de alguno de los actores.
¡Daba comienzo la función!. Uno de los profesores salió al escenario a agradecer la presencia al público y, tras la breve introducción, comenzaron a sonar unas flautas. Unos jóvenes saltaron al escenario haciendo cabriolas y moviéndose interpretando una especie de danza. En las muñecas llevaban atadas unas largas gasas de colores las cuales, con el movimiento de los brazos, creaban un conjunto de gran colorido que contrarrestaba con el gris pálido del muro de piedra que constituía el escenario.
En ese momento, alguien se le acercó por su lado izquierdo, le tendió la mano con un sobre y dejó la otra mano extendida, en espera de recibir algo. Antonio alzó la vista para mirar la cara de aquel individuo que permanecía de pie e inmóvil. No le fue posible ver las facciones del rostro porque quedaba oculto tras un casco integral de moto. Además, tenía el sol enfrente y le cegaba. Tomó el sobre e hizo entrega del paquete con el dinero. El contacto desapareció rápidamente sin darle tiempo a fijarse más en él.
Antonio abrió el sobre sin prisas, a la vez que se levantaba para dirigirse al aparcamiento. Tomó el teléfono y realizó la llamada. Al otro lado, le contestaba impaciente la voz del inspector Hernández: