-¿Qué tal ha ido todo?.
-Bien, he realizado la entrega, el próximo destino es “El Pez”, en la Cueva de la Pileta a las 14:00.
-¿Ha podido usted ver algo que nos ayude?.
-No, era imposible, llevaba puesto un casco de motorista.
-No se preocupe, usted permanezca tranquilo. Veamos..., la Cueva de la Pileta está después de pasar Benoaján. Nos veremos en el desvío de la salida de este pueblo, en la carretera comarcal, más o menos a la una y media para entregarle el próximo paquete de dinero. Si no sabe llegar hasta allí, se lo explico: tiene que retroceder hasta casi llegar a Ronda y girar hacia el suroeste por la carretera que lleva a Montejaque, luego los letreros le indicarán el camino.
-No habrá problema inspector, dispongo de un mapa detallado de carreteras. ¡Estoy seguro que sabré llegar!.
-¡Hasta entonces!.
Acto seguido, el inspector colgó. Apenas si le preguntaron detalles sobre la persona que recogió el dinero, ni sobre lo que había acontecido, cómo, cuándo, de qué forma y, aquello que le dijeron sobre lo de estar continuamente protegido bajo la vigilancia y el amparo de la policía, comenzaba a no verlo tan claro.
Se puso de nuevo al volante y tomó rumbo a Benoaján deshaciendo parte del camino realizado.
No tuvo problemas para llegar al cruce indicado, es más, llegó con unos treinta minutos de antelación. Dejó el coche apartado para que no molestase al tráfico en el cruce y, como no tenía otra cosa que hacer, se puso a leer la guía turística y, al menos, adquirir alguna noción sobre los lugares que estaba recorriendo y que tan fugazmente estaba visitando.
Observando el mapa de la comarca de la serranía, se podía localizar a la ciudad de Ronda en el centro de la misma. Su núcleo urbano, comunicado con el exterior por múltiples carreteras, se asemejaba a la imagen de una neurona de la cual, nacen las ramificaciones nerviosas que, a modo de largos tentáculos, la conectan con las demás en un afán por no quedar aislada, al igual, las carreteras comunicaban a Ronda en todas direcciones con el resto de poblaciones importantes.
Comenzó leyendo algo sobre su próximo destino: “La Cueva de la Pileta”. Según informaba la guía, en esta gruta existían unas pinturas rupestres del tiempo del Paleolítico Superior. Básicamente, consistían en cabras montesas, caballos, búfalos, bisontes y hasta peces. ¡Ahora conocía el porque del “Pez” en el mensaje escrito!.
A continuación, siguió con la lectura sobre la historia de Acinipo, su evolución como ciudad ibera y romana después.
De los alrededores de Benoaján, la guía resaltaba el sistema de cuevas formado por El Gato y El Hundidero. Hacía referencia a la belleza extraordinaria del conjunto, sus cuatro kilómetros entre la entrada por una de ellas y la salida por la otra. Además, hablaba de sus diez posibles recorridos, así como las diferentes cavidades y naves a las que se les había bautizado con nombres tan sugerentes como: “La sala de los Gours”, “La Galería de la Ciénaga”, “La Plaza de Toros”, “El cabo de las Tormentas”, “La Galería del Aburrimiento”, “La Sala de las Dunas”.
Aquel sistema de cuevas parecía algo digno de visitar, aunque sólo fuera por conocer los motivos que llevaron a que se les atribuyeran estos nombres tan curiosos a sus grutas y formaciones rocosas.
La guía incluía un apartado que, a título de curiosidad histórica, explicaba el enorme fiasco que tuvo la Compañía Eléctrica de Sevilla, allá por los años veinte, cuando intentó construir una presa en la entrada de la garganta de la cueva del Hundidero. Esta empresa no tuvo en cuenta que esta zona es de tipo kárstica y sus rocas calcáreas permitían que el agua se fugase por sumideros que se generaron y, aún cuando llegaron a tapar varias fugas, el proyecto fue abandonado puesto que era inviable retener el agua sin que ésta se filtrara por algún punto interior de la gruta. Otro dato curioso era que, en estas cuevas, existía la mayor colonia de murciélagos de España. ¡Esto sí que lo tendría que ver algún día!.
La lectura le ayudo a quemar el tiempo de espera. En aquellas horas del día había muy poca circulación de vehículos. El sol comenzaba a apretar y, por suerte, él disponía de aire acondicionado, en caso contrario la espera hubiera sido insoportable.
En su reloj era la una y media pasadas. En cualquier momento debería aparecer el inspector con el paquete de la nueva entrega.