Aquel objeto era una cajita alargada de plástico negro, con dos botones rojos cerca de uno de sus extremos y con las dimensiones aproximadas de un mechero.
-¿Qué es esto? –preguntó Antonio con curiosidad.
-Es un localizador personal para que sepamos, en todo momento, dónde se encuentra usted.
-¿No están poniendo uno de estos chismes en mi coche?.
-Sí, pero..., éste es para el caso que usted se separe del vehículo, bien porque tenga que entrar en algún edificio o, le obliguen a hacer parte del camino andando o, cualquier cosa de este estilo. Si necesita ayuda, pulse los dos botones a la vez y en menos de tres minutos estaremos con usted.
-¡Tres minutos!. ¡Eso es toda una vida!. ¿No cree?.
-No se asuste, nosotros estamos de su parte.
Antonio estaba trasteando el emisor entre sus manos, aquello tenía toda la pinta de un dispositivo de los que se usan para abrir las puertas de los aparcamientos o, para encender y apagar a distancia las luces de la vivienda. En ese momento volvió el otro hombre.
-Listo, la mula está cargada –dijo aquel individuo devolviendo las llaves.
-Gracias –contestó cortésmente el inspector.
-¿Y ahora qué? –preguntó Antonio lleno de curiosidad.
-Ahora ya tiene todo instalado. En el maletero de su vehículo hay un paquete precintado, envuelto en plástico negro conteniendo el dinero de la primera entrega. Sólo queda esperar a que se pongan en contacto con usted. Yo le rogaría que volviese a su habitación, se pusiese a leer cualquier cosa, se relajase y a esperar. Por favor, no olvide decirnos hacia donde se dirige y fíjese en los detalles durante la entrega. Esas pequeñas cosas pueden ser cruciales para una posterior investigación y, sobretodo, haga lo que ellos le indiquen, no olvide que está en juego la vida de una niña inocente.
-Yo nunca había hecho una cosa así en toda mi vida, espero que me ayuden y estén cerca por si los necesito –expuso Antonio con notable preocupación.
-No tema, éste es nuestro trabajo de cada día y, para nosotros, no hay nada más importante que la integridad de la niña y la suya. ¡Somos profesionales!. Será mejor que se tranquilice y se retire usted a su habitación a relajarse un poco.
Se pusieron en pie y se dieron la mano despidiéndose. El inspector se tomó la licencia de darle una palmadita en el hombro para infundirle un poco de ánimo.
Antonio subió a la habitación y puso en marcha el televisor. A esa hora de la mañana no había nada interesante en los canales.
Intentó comenzar una novela que se trajo desde Barcelona. Se titulaba “Duendes” pero resulta que en lugar de tratar sobre estos seres imaginarios, la novela hablaba de un esquizofrénico al que se le iba la chaveta. Pensó que aquella no era la lectura más apropiada para su estado de ánimo en ese momento y decidió dejar la novela apartada encima de la mesita de noche.
Abrió el balcón y se tumbó en la cama, observando desde allí el paisaje panorámico, intentando, de esta forma, rodearse de un clima de paz y sosiego.