Mientras esperaba, comenzó a recapacitar acerca del aspecto de la persona que recogió el dinero. El hecho de llevar casco de motorista para no ser reconocido, no debía ser algo circunstancial, casi con toda seguridad, su vehículo para desplazarse debía ser una moto de montaña.


Lo accidentado, pedregoso y agreste del terreno en toda la serranía daba pie a ello. Si el contacto viajaba en moto, en caso de emergencia, en su huida, siempre podría abandonar las vías principales de circulación y adentrarse en la sierra emulando a las partidas de bandoleros como “el Tempranillo”, “el Vivillo” y ”Bizco de Borge”, que operaron por estos montes en tiempo de la guerra de guerrillas contra los franceses y, más tarde, como delincuentes comunes. Era fácil imaginar cuantos escondrijos, gargantas y cuevas podía proporcionar la serranía a los fugitivos para ocultarlos de la Justicia y darles cobijo. Lo realmente duro sería sobrevivir en aquellos montes, en condiciones tan áridas e inhóspitas, rodeados de parajes rocosos, con formas caprichosas, calvos de vegetación, con temperaturas extremas entre el tórrido y abrasador mediodía frente a la helada noche.


Se encontraba inmerso en estos pensamientos cuando un vehículo oscuro paró al lado suyo. En él iba el inspector. Éste bajó deprisa, abrió la puerta del conductor y le dio el paquete del dinero a Antonio propinándole otra palmada en el hombro y añadiendo: “Lo está haciendo muy bien”. Sin mediar más palabra, montó de nuevo en su coche y continuó hacia delante, en dirección a la cueva.


     -¡Vamos allá!. A por la siguiente entrega –se dijo Antonio infundiéndose ánimos.


Enseguida llegó a la entrada de la cueva, ya eran las dos. No se podía acceder al interior hasta las cuatro ya que, a la una y media, había terminado el horario de visita y, en esos momentos, estaba saliendo de la cueva el último grupo de turistas. Aquello, posiblemente, fue un error de cálculo de los secuestradores, no prever que a esa hora las visitas a la gruta se paralizaban.


Así pues, el contacto debía de estar entre la gente que deambulaba por allí y también la policía, al menos, eso esperaba Antonio. Pero..., ¿quién era quién?. El coche del inspector no se veía por ningún sitio. Estas pequeñas cosas eran las que le hacían sospechar que aquella era una operación chapucera.


Por su lado pasó el grupo de visitantes que salía de la cueva. Una mujer bastante entrada en carnes, con unas gafas de sol al estilo de los sesenta y una gran pamela, en un ágil, rápido y sorprendente movimiento, le quitó de las manos el paquete a Antonio y lo metió en un bolso playero muy hortera que llevaba colgado al hombro, a la vez, tiraba el sobre al suelo. Antonio se agachó para tomar el sobre y cuando levantó la vista, aquella mujer había desaparecido: la enorme pamela no se veía por ninguna parte.


     -Bueno..., esta mujer, al menos, ha sido más profesional y disimulada que el contacto anterior –pensó Antonio.

 

5.                 Algo falla

 

Abrió el sobre y leyó el siguiente destino: “La fábrica de corcho en El Colmenar a las 17:00”.


Antonio tomó el mapa y buscó su nuevo punto de destino. Lo localizó justo al lado de un gran pueblo llamado Guacín, éste tenía dibujado un castillo en el mapa.


Para llegar hasta aquel pueblo, debía incorporarse a la carretera N341, dirección Cádiz y recorrer, en total, unos treinta kilómetros. Disponía de tres horas para hacer este trayecto. Al menos, habían tenido la decencia de darle tiempo para ingerir algo. Hablando de comer, confiaba en encontrar un sitio en el restaurante de la cueva antes que llegasen más autocares con turistas. Entró en el local y tuvo suerte, todavía quedaba alguna mesa individual libre.


¡Huy!. ¡Qué descuido!. Debía llamar al inspector para que le proporcionaran el dinero de la próxima entrega. Tomó el teléfono y así lo hizo.


     -Hola de nuevo. Todo ha ido bien. El próximo destino es “La fábrica de corcho en El Colmenar” a las cinco de la tarde. Estoy en el restaurante de la Cueva de la Pileta comiendo, por favor, háganme llegar el paquete.


     -Enseguida se lo llevaremos. ¿Usted cómo se encuentra?. ¿Bien?.


     -Sí, dentro de lo que cabe. Por cierto… Ustedes... ¿Dónde están?.


     -Ya sabe, lo suficientemente cerca como para actuar y, lo suficientemente lejos como para no ser descubiertos y ponerle a usted en peligro. ¡Nos vemos!.


A Antonio le asaltaba la sensación de abandono y desamparo. O lo estaban haciendo con tal diligencia que él era incapaz de apreciar ni el más mínimo resquicio de anormalidad o, aquello era un camelo y no estaban haciendo nada, con la indefensión que le podía acarrear en caso de peligro.