Era hora de comer así que mejor apartaba estos pensamientos de su mente y se dedicaba a satisfacer sus necesidades primarias. La carta estaba llena de platos tradicionales malagueños como: la cazuela de berenjenas, pollo a la pepitoria, cordero a la miel. Después de tanto ajetreo tenía un hambre canina, así que no se iba a andar con remilgos. De primero, un potaje, de segundo, cordero asado, todo ello acompañado de un buen tinto de la zona y, de postre, una exquisita tarta caliente de manzana. Después de meterse esto entre pecho y espalda, seguro que vería la vida de otro color.


Su mesa daba a un ventanal desde el cual se controlaba todo el movimiento exterior de vehículos. Desde esta ubicación podría ver al inspector cuando llegase. En ese preciso instante, llegó al aparcamiento un motorista, con un casco y un mono muy similares a los que llevaba puestos el contacto del anfiteatro romano, más bien, se diría que eran los mismos.


El conductor de la moto desmontó y, de la cajuela trasera, extrajo un paquete negro idéntico a los que se le entregaba a él. Siguió con la mirada al motorista que, casco en mano y para su sorpresa, se dirigía a la entrada del restaurante. Se giró expectante mirando hacia la entrada del comedor y no entró nadie. Acto seguido, el motorista salía del establecimiento sin nada en las manos, montaba en la moto y se alejaba del local. ¡Qué cosa más extraña!. Al instante, se le acercó un camarero adolescente que le hizo entrega del paquete.


Antonio se quedó más de piedra que las ruinas que contempló en Acinipo. Dudaba mucho que aquello se tratase de una operación bien organizada.


Durante toda la comida no dejó de dar vueltas al asunto y de pensar, intentando atar cabos. Él no podía juzgar, con conocimiento de causa, lo que estaba ocurriendo pero su sexto sentido no hacía más que advertirle: ¡Cuidado!. ¡Alerta!. ¡No te fíes!.


Con el estómago lleno se disiparon por el momento las dudas. No debía perder más el tiempo, tenía que emprender la marcha, no fuese que surgiese cualquier contratiempo y no llegase a la cita.


De vuelta a la carretera iba realizando su recorrido sin grandes prisas, tenía tiempo de sobra, era momento de sentir el suave viento levantando el vello del brazo apoyado en la ventanilla y dejar que la brisa acariciase los cabellos. Conforme se iba acercando a su destino, poco a poco, la presencia de árboles y arbustos en las lomas de los montes crecía. Era una carretera buena pero sinuosa, apenas si existían tramos rectos.


Estaba circulando en plena sierra y, desde la ventanilla del vehículo, se apreciaban los pequeños y blancos pueblos que se asentaban en los valles, en las vaguadas y, a veces, las agrupaciones de viviendas iban robando terreno a las pendientes de los montes dotando a los pueblos de calles y cuestas empinadas. Atajate, Benadalid, Benalauria, Algatocín, Benarrabá, todos ellos pueblos de la serranía, cuyos nombres denotan su claro origen musulmán y dejaban patente los siglos de presencia árabe en la zona. En esa época nacía la historia de todos y cada uno de ellos. Lugares éstos, merecedores de una visita y por los que no se debía pasar de largo a cincuenta kilómetros por hora, como él estaba haciendo en ese instante.


Estando cerca de Guacín, una moto se aproximó por detrás hasta su vehículo. El conductor comenzó a hacer señales con la mano para que parase. Antonio paró en una zona ancha de la cuneta y el motorista lo hizo delante de él, desmontando de la moto y sin quitarse el casco ni mediar palabra, sacó un sobre y se lo entregó. Antonio empezó a abrir el sobre pero el motorista le pidió con señas el paquete. Se lo dio por la ventanilla, pero..., ¿qué estaba pasando allí?. ¿Qué farsa era aquella?.


Leyó la nota del sobre y decía “El Castillo de Yunquera a las 19:00”. Mientras tanto, el motorista prosiguió su marcha.


Antonio tomó el teléfono y con evidente enfado llamó al inspector.


     -¿Qué?. ¿Cómo ha ido todo?.


     -¡Dígamelo usted! –contestó Antonio enojado-. ¡Yo no pienso continuar interpretando el papel de pantomimo en este montaje!.


     -¡Válgame Dios!. ¿Qué ha sido lo que ha ocurrido? –preguntó el inspector con notable sorpresa.


     -¡Usted lo sabe mejor que yo!. ¿Cuánto tiempo pensaban que tardaría en darme cuenta?. ¡Yo abandono!.  ¡Dejen de hacerme perder el tiempo!.


Dicho esto, Antonio desconectó el teléfono, realizó un cambio de sentido y volvió al parador.


Al principio conducía enojado, vislumbrando la burla de la que estaba siendo objeto. En este estado de ánimo era incapaz de razonar con claridad. Poco a poco, el enfado y la indignación fueron disipándose y, con la lucidez que le proporcionaba la serenidad, intentó hallar una explicación coherente y, a su modo, la encontró.


En estos momentos estaba seguro de que se trataba de una tomadura de pelo, de un montaje. Con toda seguridad, formaba parte de la sorpresa del regalo. Cuando llegase al parador, probablemente, encontraría a algún presentador de televisión conocido, que le entregaría un ramo de flores o algo parecido, diciéndole la famosa frase de “Inocente, inocente”. ¡En esta ocasión sus familiares le habían gastado una broma bien pesada!.


Cuando llegó al parador, estaba el inspector esperándole en el vestíbulo.


     -¿Qué ha sido lo que ha pasado? –preguntó el policía con preocupación.