Después de llegar hasta la plaza de toros, no le quedaban fuerzas ni ganas de visitar los jardines, sólo deseaba hallarse en el parador lo antes posible, tomar una gran cerveza fresca, disfrutar de una fría y reconfortante ducha para más tarde dormitar durante un buen rato tumbado en la cama antes de bajar a cenar. Así pues… ¡Dicho y hecho!.

Sonó el despertador a las ocho y media de la noche, suerte que se acordó de ponerlo, sino, hubiese permanecido dormido durante unas cuantas horas más y se habría quedado otra vez sin cenar. Tenía los pies doloridos de todo lo que había caminado y las ingles un poco escocidas por haber sudado tanto durante todo el día. No obstante, se sentía francamente bien: cansado pero relajado.


Durante todo el día no se acordó de los temas del trabajo ni de la oficina. Este simple hecho, por sí solo, era suficiente recompensa. No recordaba cuánto tiempo hacía que no tenía un día de paz, sosiego y tranquilidad interior, lejos de las responsabilidades y del estrés cotidiano.


Tomó la lista de monumentos, sus fotos y las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Cenó en el restaurante del propio parador. Confiaba en encontrar allí a los García pero, desde que partieron por la mañana, no tuvo noticias de ellos.


Al salir del comedor, el muchacho de recepción le hizo una seña y le entregó un sobre conteniendo las fotos que los García habían tomado, junto con un mensaje informando que les había surgido un imprevisto y le hacían llegar las fotos de esta forma porque, posiblemente, no podrían verle para entregárselas en persona.


Antonio tomó el sobre con las fotografías y se encaminó a una mesa del bar al aire libre. Allí las pondría todas juntas y las repasaría saboreando una copa de brandy, en compañía de la suave brisa de la noche.


Al extenderlas encima de la mesa, un par de detalles le chocaron a la vista. Los García tomaron una foto del Puente Nuevo desde el mismo ángulo que él. Sin embargo, el letrero de prohibido circular a los camiones no aparecía. Asimismo, al fondo de la imagen se apreciaba una calle transversal. El color y la forma de los seis vehículos aparcados en dicha calle, no coincidían en las dos fotos. Además, en las fotos en las que aparecía Manolo, en el polo de color blanco, no quedaba ni rastro de la mancha de zumo del desayuno. Aquello era muy raro y, por mucho que alguien lo intentase, no le iba a convencer diciéndole que aquellas fotos se habían hecho el mismo día con una diferencia entre ellas, como máximo, de veinte minutos. ¿Qué se encerraba tras aquello?.


Cualquier explicación racional que pretendiese dar sería infundada. Aparentemente, no encontraba una justificación coherente para lo evidenciado en las imágenes.


Al día siguiente se haría el tonto, actuaría como si no se hubiese percatado de nada y estaría atento. Estaba seguro que si abordaba el tema y les preguntaba a los García directamente, no obtendría ninguna respuesta satisfactoria. ¡Tras esto se escondía algo más!. ¡Seguro!.